Carlos T. Martínez es un hombre optimista. Aprecia lo bueno de la vida: se detiene ante los espectáculos hermosos que ofrece la naturaleza; celebra las ocurrencias de los niños, y más si las protagonizan sus nietos; no titubea para halagar a las mujeres, y además se presta para reconocer a quienes a su entender merecen ser exaltados y presentados como modelos para la sociedad.
Señalar méritos de otros no puede ser tarea para amargados ni resentidos. Ver en los demás condiciones dignas de encomio es una condición que no todos podrán exhibir, dada la indisposición de muchos humanos para el desempeño de tan honradora función. La gente suele ofrecer lo que lleva dentro: unos brindan pesadumbre, otros propician gozo.
La capacidad para enjuiciar justamente a las personas es una prueba de madurez humana. Y desde cierto punto de vista puede considerarse una osadía. Determinar quién es quién, o lo que sería igual, dar a cada uno lo que le corresponde, resulta tarea altamente delicada, porque implica juzgar a los demás.
Carlos T. Martínez se limita a señalar a los buenos dominicanos, sin hacer referencia a los malos que ha de haberlos. Pero este hijo meritorio de San Pedro de Macorís no anda marcando a los ciudadanos incapaces de obrar el bien; a los negados al trabajo productivo; a conspiradores contra las buenas costumbres o a los depredadores de los bienes públicos ni a los desangradores de patrias, como diría Pablo Neruda.
La publicación de dieciséis tomos de la saga Grandes Dominicanos constituye la gran obra de Carlos T. Martínez. Al menos treinta personalidades de la ciencia, la literatura, la comunicación, las artes, los negocios, la religión, los deportes y la política han aparecido en cada libro, con una gran entrevista, para que el propio homenajeado revele sus ideas y sentimientos. Le acompaña una síntesis biográfica.
Martínez lleva cuatro décadas como profesional de la palabra. Y ha entendido y aceptado que la palabra estaba desde el principio y que todo se hizo por ella. Sin abjurar de su derecho a la crítica, este gran dominicano emplea la palabra para halagar, para saludar, para bendecir y enamorar. Nunca para intoxicar, nunca para arrojar pestilencia.
Los dieciséis tomos de Grandes Dominicanos representan la prueba del tipo de persona que ha sido su autor. Constituyen la eficaz demostración del carácter de un hombre que ha preferido sonreír a gruñir; la ilusión al desconcierto; la finura a la ordinariez. Se ha hecho llamar el Deferente y bien se lo ha ganado, porque demuestra que ante la rencilla, la mezquindad, el egoísmo y la estrechez de espíritu, la deferencia indica la diferencia. El Deferente es, por tanto, diferente.

