Opinión

Voces y ecos

Voces y ecos

Uno pudo pensar  que el quincuagésimo aniversario del ajusticiamiento  del dictador Rafael Leonidas Trujillo  sería  ocasión para una conmemoración  festiva, tanto  de orden espiritual e  intelectual, como de carácter  jaranero, con música, bailes, concursos y un feriado fenomenal  el lunes 30.  Todo, como suelen ser las cosas en este país considerado muy especial.

Era para pensar que  instituciones  como la Universidad Autónoma de Santo Domingo, el Ministerio de Cultura o la Academia de la Historia y hasta  sociedades de lucha por la democracia, organizarían grandes  eventos a propósito de la gloriosa efeméride. Me refiero a concursos literarios, de artes, discusiones y paneles destinados a exaltar el valor de la libertad y la democracia.

Los 50 años de la memorable gesta  nos toman  en plena inacción. Y peor aún,  con más acentuada presencia del trujillismo  y de los Trujillo, familiares directos del sátrapa que han vivido toda su vida sin dar un golpe gracias a lo que le sacaron de las costillas  al  pueblo dominicano. Ejemplo de  trujillismo se  encuentra en la peligrosa tendencia a endiosar a  personas.

El primer año del ajusticiamiento de Trujillo es para mí un  imborrable recuerdo de infancia. Lo viví en Miches, mi aldea natal. Los líderes locales montaron un muñeco con la efigie del otrora poderoso jefe  y hasta se le disparó con armas de fuego, entre tanto el pueblo reía y cantaba, con su romito entre pecho y espalda: “Mataron el chivo en la carretera…”

Hoy en día, la declaración del 30 de mayo como Día de la Libertad es letra muerta, no obstante haber emanado de una autoridad competente.  Y el trujillismo que asalta instituciones públicas ha impedido que la fecha se convierta  en día festivo,  precisamente en un país  donde tan fácilmente  se encuentran motivos para  festejar. 

Además, muchos se dedican a denostar a los   ajusticiadores   del sátrapa y  no sólo les buscan  defectos a los héroes, sino que minimizan su acción argumentando que fueron motivos personales los que  movieron a cada uno a involucrarse  en la intrépida conspiración que culminó  la noche del 30 de mayo de 1961 en la carretera Sánchez.

Parece cruel, pero de ser así hay que alegrarse de que al teniente Amado García la dictadura le prohibiera casarse con la muchacha que amaba, o que la muerte de su hermano Octavio, por esbirros de la tiranía,  desatara en Antonio de la Maza la fogosidad  que puso en su intervención  para  finiquitar al  pervertido tirano.

Los héroes del 30 de mayo y sus familiares asesinados por la dictadura son víctimas propiciatorias. Ellos, con su sacrificio,  se ofrecieron para quitarnos  de encima –al menos físicamente-  al más cruel  y ladrón gobernante en nuestra historia, así como su séquito  luciferino y su monstruosa familia.

El Nacional

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