¿Qué Pasa?

Wilfrido Vargas: Más que fiel a la depresión, fiel a su histriónico personaje

Wilfrido Vargas: Más que fiel a la depresión, fiel a su histriónico personaje

Con una puntualidad inglesa llega al estacionamiento del periódico a las 10:00 de la mañana; se desmonta de su yipeta negra, precedido por un diligente asistente que nada más le falta tirarle la alfombra. Saluda con la prontitud del que sabe que luego del apretón de manos le corresponde el abrazo. Es el archiconocido artista y merenguero Wilfrido Vargas, perdón, es un personaje. Que es casi lo mismo.

-¿Cómo estás, cómo va la vida? Pregunta, con una dicción perfecta, como si masticara las palabras, a quien va a recibirle.

El rostro del merenguero Wilfrido Vargas tiene dos movimientos básicos: el de la gesticulación fiera y el de la mueca, mientras que los ojos poseen la fuerza no del que mira, sino de aquel que pone la vista en el otro para penetrarle.

Cruza palabras. Es un hombre de una efusividad evidente, que en la emoción encuentra su cresta y en la depresión y ansiedad, su abismo. Me luce un poco más grueso de lo que la memoria lo retrataba. Anda de promoción, y no es una canción o tema que lleva bajo el brazo, sino su primer libro “Me volviste loco, Wilfrido”, publicado por la editorial Planeta.

Ya en la sala de redacción, saluda con el vozarrón que le ha dado la vuelta al mundo.
-¿Cómo están ustedes?, ¿que como están ustedes?-, dice ante la mirada sorprendida del personal, que en el segundo llamado es que atinan a reconocer quién es el afamado personaje.

El personal de buena manera contesta. Sentado frente al entrevistador, Wilfrido Vargas no pierde tiempo y de inmediato asegura que sin una taza de café no empieza. A falta de azúcar de dieta opta por el estilo “el negrito a la roca”. Es una forma de abrirse. De romper el hielo.

En su manera de comportarse e interactuar hay una constante teatralidad, pero jamás arrogancia. De inmediato da unas instrucciones al asistente. Al camarógrafo se le ha ocurrido recordar que fue quien le filmó hace más de dos décadas cuando el artista de Altamira fue a visitar al fenecido político y presidente Joaquín Balaguer.

De inmediato, a Wilfrido se le enciende el bombillito y llama para preguntar si estas imágenes pueden ser incluidas en un trabajo que se le está preparando.

Ese es Wilfrido. Una máquina de ideas. Así de manera imprevista, guiándose por las circunstancias y un olfato de privilegiado y de tigre de sabana, ha parido y producido muchos de sus éxitos y que lo han catapultado a ser hoy en día una leyenda viva del merengue.

-Me preocupa cómo tú vas a poner todo lo que hablamos. Ya tú te encargarás de eso.- hace esta observación mientras arregla la chaqueta. Está vestido con colores sobrios, azules muertos, pero con su expresión y personalidad nada compite. Cualquiera queda eclipsado.

Precariedad y estrellato

Altamira nunca ha sido borrada de su memoria. Ni la precariedad que dibujaba aquel tiempo. Por eso en las páginas iniciales de su texto Me volviste loco, Wilfrido, célebre y celebrado por temas como ¿Qué será lo que quiere el negro?, Mi medicina, El barbarazo, recuerda cómo aquella casa donde veía pasar los días estaba construida sobre una barranca. También cómo la lluvia amenazaba con llevarse las yaguas.
“En la cocina solía haber una vela encendida con unas cuantas monedas alrededor: iluminábamos el ruego con el dinero que no teníamos”, dice.

A pesar de ello no guarda amargura: “en la niñez uno no nota las diferencias, rico y pobre, negro y blanco, todo es lo mismo”. (pag. 23).

¿Estoy bien vestido? Pregunta el merenguero devenido en autor deluxe. No lleva corbata. Uno no se lo imagina con ese objeto occidental hecho para ahorcar a incautos, sobre todo a un hombre que no tiene reparos en confesar a lo largo de la conversación que padece de ansiedad, que es un inquieto permanente.
No tiene tampoco pruritos en reconocer que sufre de ansiedad, que ha sido diagnosticado como bipolar, que ha estado tanto tiempo en el sillón del siquiatra quizás como las veces que está frente al micrófono o en una tarima.

-Lo que quiero es un silencio total. Cualquier cosa me distrae, dice Wilfrido Vargas, quien al hablar uno pudiera pensar que actúa, que lee un libreto.

De entrada deja bien claro que él fue quien escribió el libro, que jamás delegaría esa tarea a otro. Y tiene como prueba de que fue él, una constancia que a su juicio es infalible:

-Tú crees que un hombre que tenga esta capacidad de exposición y de oralidad, va a permitir que otro le escriba.

Para Wilfrido Vargas, merenguero con una carrera de más de cincuenta años y que siempre ha estado en los primeros planos, está claro.

La mente, la siquis, la siquiatría, la ansiedad, son los temas que dominan en la entrevista, y los derroteros que él toma inevitablemente. Se califica como un encubierto depresivo durante casi 70 años, y que en esencia escribió el libro como forma de orientar y ayudar a otros. La editorial Planeta lo destapa.
-Dirán, y mi objetivo, es ese, si Wilfrido Vargas pudo llegar a donde está siendo así, depresivo, ansioso, también puedo hacerlo.

Tiene una forma de hablar de la depresión. Y de definirla.

“La depresión es como una visita. A veces llega a las 2:00 y se va a las 2:25, pero ocurre que hay gente que se suicida antes de llegar a esa hora.

En el tema de la siquiatría se extiende, Wilfrido parece un pez en el agua, y se le resbala al entrevistador, y se hace difícil hablar de su carrera artística, de tópicos como canciones, popularidad, historia musical. Y como es el tema del libro, la locura en cierto sentido, el conocido merenguero, que se ha vuelto un ícono en tierras tan lejanas como Colombia, se explaya, se extasía hablando del tema, dando explicaciones, pero aclarando que no quiere competir con especialistas.
Un hoyo, la depresión
Wilfrido Vargas es habitué en los bajones espirituales y síquicos. El último que sufrió no hará mucho, y bien que lo sacudió.

-“Cuando me ocurren esos procesos depresivos puedo tener el control remoto al alcance de mi mano y durante dos días no tengo fuerzas para tomarlo”.

Que padece alucinaciones desde niño no lo niega. Cuenta que al apretar determinado molar, en lugar de nubes, veía rascacielos que nunca había conocido ni en fotos. “Esas alucinaciones las tuve desde que prácticamente estaba en brazos de mi madre”.

Ver y escuchar a Wilfrido Vargas hace que uno piense en que Van Goh se cortó una oreja, en que Francisco Goya visitó innumerables siquiátricos y manicomios, en esa delgada línea en que hace que el genio sea ilustre vecino del orate. Y apunta él, que hace poco una de esas depresiones lo agarró en el proceso de escribir el libro, y que mucha gente temió que éste no viera un feliz término.

“Todo el mundo se decía, el hombre se arrepintió. No va a terminar el libro. Fueron dos semanas que lo paré. Y sucedió cuando escribía el capítulo del libro donde menciono a Hiraldo Martínez”.

Martínez fue una persona cercana a Wilfrido, y quien contribuyó mucho a su carrera, y que murió hace algunos años, cuyo deceso lo sumió en una terrible tristeza.

Mujeres

Las mujeres son un capítulo fabuloso en la vida de Wilfrido Vargas. Hay que empezar con su madre, quien según relata en el libro era una tremenda guitarrista, además de una ferviente lectora del escritor Vargas Vila. “Ella copiaba las frases en las paredes para luego recitárselas a sus amigos. Pero de ella no sólo heredó el talento artístico, sino también, lo que oscurece la vida: la depresión.

Otra mujer capital en su vida fue Austria, quien le dio varios hijos. Pero la revelación que llamará atención en la jungla farandulera es que tuvo un romance con la merenguera Miriam Cruz. Lo justifica: siempre negaron ese secreto amor, para ninguno hacerse daño. Eso ocurrió cuando ella era la principal vocalista de Las Chicas del can.

“Miriam llegó a ser mi mundo. Debo reconocer que durante un tiempo todo lo que escuchaba, adaptaba y componía era para sentir la satisfacción de escucharlo en su voz de ángel”, confiesa en el libro Wilfrido.

Poesía

Otro pasaje que Wilfrido destaca en el libro Me volviste loco, Wilfrido, es su encuentro con el poeta Pedro Mir, un encuentro que lo marcaría y que en su momento, cuando entrevistó al creador de Hay un país en el mundo”, hasta las piernas le temblaron. “Para mí un poeta es una cosa que no es de este mundo”, escribe, quien se siente fascinado por el exquisito hablar y la palabra bien puesta.

Y si hay otra cosa por la que Wilfrido Vargas se sienta gran apegado es por la trompeta, a la que considera su amuleto. En el libro, afirma que “aunque mis días ya no están determinados por la trompeta como me gustaría, aunque ella sigue siendo mi filosofía y mi religión. Es como si se tratara de mi amuleto”.
Relacionada a su trompeta recuerda en el 2006 cuando en casa de Sammy Sosa protagonizó un duelo con su admirado Arturo Sandoval.

Revolución llamada Wilfrido

Al merengue, Wilfrido le dio una nueva velocidad, al merengue Wilfrido lo internacionalizó, le metió rap y reguetón, cuando esas dos palabras ni remotamente se mencionaban, y como telón de fondo, padecía, confiesa, sus problemas de ansiedad, de bipolaridad, de cambios constantes de estados anímicos.
“Yo nunca le hice caso a esas cosas.”, así dice “El hombre divertido”, quien tiene el criterio de que a las dolamas y enfermedades no se les puede hacer mucho caso.

“A la enfermedad no le puedo dar mucha categoría. No puedo decir que es la culpable de lo que me pasó o tampoco que ha sido mi benefactora o salvadora. Simplemente he hecho mis cosas como artista”, asegura.

Eso sí, a pesar de todo el maestro

El genio tropical, cuya risa son breves relámpagos, define el libro Me volviste loco, Wilfrido como inspirador y esperanzador, y lo dice con esa elegancia y ese porte como si supiera que estuviese escribiendo para la posteridad o estuviese actuando en un escenario hollywoodense.
A fin de cuentas, a Wilfrido, a ese a quien en una vez pudimos definir como una trompeta pegado a un hombre, la alucinación, la bipolaridad, ni la depresión terminaron acorralándolo, sino que el derroche de talento posibilitó tantas estupendas creaciones.

A las 11:15, cuando ya se nos avisa que la entrevista ha concluido, que debe “el maestro atender a otros compromisos de su gira para promocionar el libro, descubro al verlo gesticular y construir con dientes, pómulos, boca, frente y labios, un tsumani facial, que él, más que fiel a la depresión, a la bipolaridad, o a los más variopintos desórdenes emocionales, es fiel a su histriónico personaje llamado Wilfrido Vargas.
“Si leen el libro, más que a Wilfrido se van a conocer a sí mismos”, con cierta terquedad nos recuerda.

Las nuevas apuestas artísticas de Wilfrido

El maestro no termina de apostar y de descubrir talentos nuevos. De Ahí que el confiese emocionado que tiene cinco pollos, a quienes considera con las herramientas esenciales para triunfar.

“Uno es Rudy Ventura, autor de El Cuchicheo y de innumerables canciones que todo el mundo se disputa. Él se cree un talento casi perfecto, y el casi es porque desconoce que es cantante, por eso no sabe que es un talento perfecto”.

Tiene más maestro Vargas, y muestra la misma emoción en la presentación del pupilo:
El otro es Lessing Kerguelen, colombiano, un artista que él mismo elabora sus arreglos, sus composiciones y está lanzando su proyecto, en el que yo estoy haciendo todo lo posible porque salga adelante, es el productor del disco de Wilfrido Vargas que saldrá próximamente.

El tercero es Anthony Wood. “No conozco un talento más perfecto que ése y con más kilates y posibilidades en la industria que pueda ser desapercibido. La industria, la vida, la circunstancia y todo lo que se pueda decir sería injusta y mezquina si no exhibe ese talento y privaría al público de que se beneficie de sus aportes”.

Y para casi cerrar con broche de oro, Vargas, nos habla de hija Alina Vargas, como cineasta, productora, y manejadora de su imagen.

“También hago mi apuesta en Diego Barrero, mi pianista, que es productor y doctor en música que saldrá con su propio proyecto llamado Dínamo, que también estoy empujando”, dice.

El Nacional

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