Había una vez una niña que tenía el cabello muy hermoso, rubio y muy rizado.
Por esa razón, todos la llamaban Ricitos de Oro. Lo que más le gustaba era ir a pasear sola por el bosque de al lado de su casa.
Sus p adres le recomendaban mucho que no saliera nunca sola y, sobre todo, que no se fuera sin permiso.
Pero Ricitos de Oro siempre hacía lo que quería.
Un día llegó a una explanada del bosque y allí descubrió una casita encantadora.
La niña se encontraba muy cansada y no vio a nadie, por los alrededores.
La puerta estaba abierta, así que entró sin preocuparse de nada. Todo estaba muy limpio.
Lo primero que vio fueron tres sillones: uno pequeño, uno mediano y uno grande.
Se dirigió a la cocina. De los tres platos colocados sobre la mesa Salína un rico aroma a sémola recién preparada: había un plato pequeño, uno mediano y uno grande.
¡Mmmm- dijo Ricitos de Oro-. Es mi plato favorito.
Y sin pensarlo dos veces se puso a comer. Luego continuó su visita: subió al primer piso y vio una habitación muy grande con tres camas: una pequeña, una mediana y una grande.
Sintió de pronto tanto sueño, que se acostó en la cama más pequeña. Cuando despertó estaba rodeada de toda una familia de osos, que la miraban con asombro.
Los osos estaban tan sorprendidos como ella. Por fin. Ricito de Oro se dio cuenta de su imprudencia y estalló en sollozos.
Pero mamá oso se inclinó hacia ella y con voz muy dulce le explicó que vivían allí y que los tres habían salido a dar un paseo por el bosque.
La acompañarían hasta su casa, donde sus padres estarían esperándola muy preocupados.
La niña se enjugó las lágrimas y, acompañada por los osos, llegó muy pronto a su casa. Desde entonces es la mejor amiga de los ositos.

