Nuevamente Brasil vuelve a acaparar los titulares en la prensa por todas las razones equivocadas. Luego de los resultados de las elecciones del domingo, Jair Bolsonaro se perfila con alta seguridad como el próximo presidente de la nación suramericana al apenas quedarse corto de evitar una segunda vuelta obteniendo el 46% de los votos. En un ejemplo palpable del círculo vicioso mesiánico en el que a los latinos nos encanta envolvernos, Brasil ha votado en contra de sus populistas de izquierda para elegir a un populista de derecha.
Siendo justos, los brasileños tienen muchas razones por las cuales votar en contra del grupo de Lula, Dilma y la corruptela del Partido de los Trabajadores. No sólo las instituciones de Brasil han quedado deshechas por el escándalo de corrupción más grande en la historia moderna del hemisferio, sino que el país sigue sumido en una crisis económica y social sin precedentes como resultado directo de las políticas de Lula y Dilma que no será resuelto en sus aspectos más fundamentales en el mediano plazo.
No obstante lo anterior, pasar del desastre izquierdista que ofreció el Partido de los Trabajadores, al desastre ultra-derechista que garantiza Bolsonaro muestra un fallo mucho más profundo no solo en la democracia brasileña, sino en la cultura política misma del pueblo, una cultura que, para nuestro propio interés, se asemeja demasiado a la nuestra.
Los brasileños, como la mayoría de los latinoamericanos, estamos condicionados a no creer en las instituciones, porque los parámetros que tenemos de ellas, desde nuestra infancia hasta nuestra muerte, nos genera una desconfianza natural hacia ellas. Las instituciones en si mismas son inútiles, entendemos, porque todo dependerá de lo que determine la cabeza de gobierno. Por eso votamos por el que se presenta como un mesías que cambiará todo desde la cabeza de ese gobierno, ejerciendo el poder absoluto que le permite dicha posición, y no por aquellos dispuestos a ceder su poder para fortalecer esas instituciones de las que desconfiamos.
Brasil ha elegido ir de muy mal a muy mal pero con otro color. Los logros económicos que las políticas de Bolsonaro puedan producir lucen cuestionables aún en el mejor de los casos, pero lo que sí luce probable es un debilitamiento sensible en las libertades civiles, las relaciones regionales y la protección de los derechos humanos. En el peor de los casos, la democracia misma en Brasil pudiera verse bajo ataque y la poca estabilidad que aún queda en dicho país quedar como una pregunta abierta.
Pero debe quedar claro, y en esto deseo hacer un fuerte incapié, esto que observo no es un comentario específico sobre Brasil o su gente, sino sobre nosotros como latinoamericanos, dominicanos incluidos, tan igual de susceptibles a las mismas ideas absurdas y enamorados de la mano salvadora de un mesías que nunca llega.
En su momento dije lo mismo sobre Hugo Chávez que lo que hoy digo de Jair Bolsonaro, con una mirada superficial basta para saber que observamos dos caras de la misma moneda, y las nefastas consecuencias son igual de predecibles. Buena suerte, Brasil.

