El expresidente Hipólito Mejía sucedió en el poder en el año 2000 a un gobierno cuestionado por serias y contundentes objeciones a su manejo de las finanzas públicas que se traducían en actos de incuestionable corrupción. Su deber era, como derivación del juramento prestado ante la asamblea nacional en el sentido de cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes, ordenar a su procurador general de la República que realizara una rigurosa investigación de lo denunciado para determinar su veracidad o falsía.
Qué bien habría quedado el mandatario de entonces si le hubiese mostrado al país los resultados de esas pesquisas, informándoles a sus gobernados sobre la inocencia de su antecesor, o poniendo en movimiento la acción penal ante los indicios graves, precisos y concordantes que la misma hubiese podido arrojar. Tal comportamiento habría sentado un precedente entre nosotros, marcando un punto de inflexión en la lucha histórica por acabar con la impunidad que nos asfixia.
Durante los años de la gestión perredeista del 2000 al 2004, fueron múltiples las manifestaciones de protestas encaminadas a que se accionara contra el Dr. Leonel Fernández; se hicieron juicios populares; se realizaron actividades al frente de Funglode; se hicieron denuncias; se interpusieron querellas, en fin, la imagen pública del actual presidente del PLD cayó a niveles bajísimos debido a la elevada percepción ciudadana de los niveles de corrupción administrativa que se suscitaron cuando él presidía el Estado.
¿Cuál fue la actitud asumida por el señor Mejía en su calidad de primer mandatario a propósito de esas demandas colectivas para que se tomaran medidas condignas ante los gravísimos sucesos denunciados? El apañamiento absoluto. La indiferencia total. El no hacer. El dejar pasar. Afirmar que no le tocaran a Leonelito, que los expresidentes deben ser respetados, lo cual representó un extremo que bordeaba los límites de la complicidad.
Por eso me producen mucha indignación sus acometidas tardías demandando ahora explicaciones que su indiferencia pasada impidió reclamar. Cuando no se pronuncian las palabras necesarias en el momento preciso, queda el recurso honorable del silencio posterior. Intentar hacerlo después de no haberse asumido la responsabilidad debida en su oportunidad, es cobardía o intento mezquino de aprovechar circunstancias coyunturales.
Es difícil justificar que en su inconcebible intento por volver a ser candidato, Hipólito Mejía se preste a rendir retorcidos servicios políticos a quienes espera le retribuyan con su proclamación, aunque eso implique un doble acto de felonía.

