En Honduras se ha creado un avispero en repudio al golpe militar contra el presidente liberal Manuel Zelaya y en reclamo de su regreso.
Los golpistas están en apuros ante la firme resistencia popular.
Pese a la dictadura mediática, es ostensible el aislamiento internacional a que está sometido el gobierno de facto que lidera el fascista Roberto Micheletti, como incontenible es la ardiente lucha de los hondureños por la vuelta a la constitucionalidad.
Si la cúpula militar y los politiqueros al servicio de la oligarquía tienen aún el precario control del país, es por el uso de la represión y por el aliento que reciben del sector ultraderechista del Departamento de Estado de Gringolandia.
La CIA es parte de la urdimbre que dio lugar al golpe militar; respuesta a los avances democráticos en Centro y Suramérica, lo que constituye, además, un desafío a la enunciada política exterior del presidente Barack Obama.
Un gran peligro se cierne contra la patria de Francisco Morazán y contra toda la región.
Los golpistas se proponen crear un estado terrorista que revierta las conquistas democráticas alcanzadas en Honduras y sirva para la provocación y la agresión más allá de sus fronteras.
Ojalá el presidente Manuel Zelaya llegue a su país evadiendo las garras de los militares trogloditas; él sabe como hacerlo.
Su regreso debe tener el noble propósito de luchar junto a su pueblo por el restablecimiento del estado de derecho; no para inmolarse.
La unidad nacional, el respaldo de los pueblos y gobiernos de la comunidad democrática son indispensables para cortar la mano peluda del imperio y de una oligarquía terrorista e insaciable.

