Opinión

Crimen y castigo

Crimen y castigo

      A diferencia de los asesinos que tenemos en nuestro país, unos actúan por cobardía y otros con premeditación y alevosía, el protagonista de la novela Crimen y Castigo, de Fiódor Dostoievski, después de haber cometido sus crímenes se arrepiente y termina entregándose a las autoridades.

      No logro imaginarme qué pasará por la mente de un hombre o de una mujer dos o tres minutos después de haberle quitado, de manera violenta, la vida a una o más personas. Qué tipo de escena se le armará en su cabeza: si será de alegría o trágica, de satisfacción o desagrado, o simplemente de arrepentimiento ante una acción repudiada y condenada por todos.

     Cómo vivir después del hecho consumado, cómo respirar, cómo comer, cómo dormir, cómo reír, cómo recordar ese fatídico momento en que apretó el gatillo y lo vio tambalearse y caer de bruces.

O cómo puede traer a su memoria, antes de dormirse, el cuchillo empuñado y verse dejándolo caer una y otra vez sobre la espalda o sobre el pecho de un ser humano, quien dejaba escapar gritos espeluznantes jamás olvidados.

     ¿Por qué con tanta facilidad cualquier  criatura de Dios, andando perdida por estos senderos, logra obtener legalmente la tenencia y porte de una arma de fuego?

 ¿Qué lleva a un hombre a matar a puros tiros a su esposa, compañera sentimental, concubina o ex-esposa, para luego suicidarse disparándose un tiro en la cabeza?

     ¿Qué lo impulsa a ese salvajismo? ¿Cuál debería ser la sentencia? ¿Quién es el responsable de esa violencia? ¿Sobre quién o quiénes debería caer la culpabilidad? ¿Quiénes le habrán alimentado ese patrón de conducta inapropiada?

    ¿Acaso el núcleo familiar, la escuela, su entorno, la pobreza marginal, la compra o venta de las drogas, la debilidad de las instituciones?

     No lo sé… Lo cierto e innegable es que una abominable ola gigantesca, llamada violencia, se está convirtiendo en un verdadero tsunami psicosocial en nuestra sociedad. ¡Cuidado con eso!

El Nacional

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