El atentado contra Rómulo Betancourt, que fue ejecutado el 24 de junio de 1960, que se ideó y se organizó en Santo Domingo bajo la dirección y auspicio de John Abbes García y al que siguió, 5 meses después, el asesinato de las hermanas Mirabal, eran evidencias incuestionables de que Trujillo, asesino político selectivo, silencioso, había perdido el sentido de la prudencia, aun para matar, que había dirigido su vida desde 1930. Estos juicios no son del autor de esta columna, eran los criterios de nuestro padre, que por 22 años fue parte integrante del ejército que Trujillo había organizado y modernizado, llegando a ser capitán, sub-director del Centro de Enseñanza del Ejército y Jefe de Instructores de ese importante instrumento del control real y efectivo de la nación. Así pensaban también otros militares que se habían formado bajo la jefatura de Trujillo.
Fue esa agresividad indetenible de Trujillo que levantó en la pequeña burguesía urbana la firme decisión de enfrentar al régimen en todos los escenarios. Eso explica la fundación y creación del Movimiento Revolucionario y Clandestino 14 de Junio, el asalto decidido, frontal y valiente de la Embajada de Brasil y del grupo que pidió asilo en ese intento, en un hecho que no tenía precedente en la historia política de la Nación. Fueron esos acontecimientos que terminaron unificando el grupo que, bajo el liderato político y militar de Modesto y Juan Tomás Díaz, conspiraba para ajusticiar al agresivo y severo personaje. Y fue esa situación la que le hizo comprender al gobierno de Estados Unidos, presidido desde enero de 1961 por John F. Kennedy, que el mandato histórico de Trujillo había terminado y que la campana que anunciaba ese final era el triunfo del Movimiento Revolucionario, encabezado por Fidel Castro Ruz.
Para entonces los planes para asesinar a Patricio Lumumba, a Fidel Castro y a Trujillo habían sido incluidos en el llamado Plan ZR/Rifle que servía como guía política a la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Puesto en ejecución, los norteamericanos infiltraron en el grupo de los hermanos Díaz, al cual se había sumado Antonio de la Maza, a Donald Reid, abogado, rico empresario dominicano, ligado por vínculos familiares a los Vicini, e infiltraron también, sin lugar a dudas con el consentimiento de los jefes de esta importante familia, a Severo Cabral, empleado de ellos. Entre enero, febrero y marzo, el gobierno estadounidense a través de Robert D. Murphy, primero, el senador Smathers, después, y un tercer emisario que vino en mayo, intentaron convencer a Trujillo de que abandonara el poder y fuera a residir a Estados Unidos.
En el orden histórico Trujillo no tenía salida que lo llevara a territorio extranjero. En su carta del 27 de febrero de 1961 Juan Bosch se lo advirtió. Trujillo sabía que su destino estaba en este país. Y así lo ratificó a los emisarios de Kennedy, recordando que había nacido aquí y que aquí debía morir y ser enterrado; respuesta y decisión, contrario a lo que escriben los mitómanos historiadores dominicanos antitrujillistas, pues Trujillo, asesino, rapaz, intolerante y agresivo, era un hombre de decisiones coherentes, convencido de que quien a hierro mata, a hierro muere. Continuaremos

