POR ABIGAIL CRUZ INFANTE
Cuando oigo o leo a jóvenes de las actuales generaciones decir que desean que Trujillo vuelva a gobernar el país, me siento triste y apesadumbrado por la falta de conocimiento que ese juicio entraña.
Hasta el día de hoy Darío Bencosme, abogado semi retirado después de 50 años de ejercicio, dirigente cooperativista todo el tiempo, no pregunta, solo habla de libros, conciertos, obras teatrales y la vida del patricio Juan Pablo Duarte.
No saben esos jóvenes qué fue en verdad esa cosa llamada Era de Trujillo. Si la conocieran no pensarían de esa forma, porque esa etapa de la vida del pueblo dominicano fue un largo período de sufrimiento, dolor y pérdida de los valores democráticos y humanos de la sociedad entera.
Me apena y entristece oír ese juicio, pues entraña un desconocimiento total de lo que fue la Era. No tienen idea del grado de violación sistemática a que fueron sometidos todos los derechos de las personas.
Por eso, cuando Fellito Bencosme, agricultor serio y tranquilo de Los Robles, Juan López, Moca envío a su muchacho de trece años a estudiar a la capital, un nudo de angustia se apoderaba de su corazón, él sabia bien el porqué de esa sensación. Sobre la familia extensa un halo casi visible de persecuciones y atropellos se cernía, por el simple hecho de llevar el apellido Bencosme.
Esa política sañuda contra los varones de ese linaje era una forma de Trujillo vengarse del coraje del general Cipriano Bencosme, que desde los días iniciales de la implantación de su régimen criminal se levantó heroicamente en los cerros del Mogote, Moca, para enarbolar la bandera de las libertades conculcadas, muriendo en el intento, noviembre de 1930.
Darío, el muchacho de Fellito, era tranquilo como el padre, pero con grandes deseos de estudiar y superarse alcanzando un grado académico en la universidad.
En el sexto curso de la Escuela Ecuador, Moca, se había ganado una beca de por vida estudiantil -el famoso Premio Escolar Ranfis para cursar como interno en el prestigioso y austero Colegio Santo Tomás de la capital, dirigido por don Parmenio Troncoso de la Concha y su hijo Manolín, ilustres educadores y forjadores de hombres de conciencia sana y recta.
Ya graduado de bachiller se inscribe Darío Bencosme en la única universidad que existía en el país en esa época. Su madre y hermanas se encomendaron al señor para que su hijo y hermano mayor no sufriera percances en esta nueva etapa de su vida.
Para completar sus gastos de estudios de la fase universitaria se empleó como profesor en el Liceo nocturno que impartía sus clases en la zona colonial. Eran los años cincuentas. Sus estudios marchaban bien y su vida transcurría tranquila y sin problemas.
A más de sus clases asistía a conciertos, veladas artísticas, conferencias, exposiciones y recitales, como una forma de aumentar sus conocimientos y fortalecer su nivel cultural. Aprendió idiomas y se vinculó a sectores artísticos y culturales, relaciones que todavía hoy mantiene.
A punto de finalizar su carrera estudiaba una asignatura llamada Derecho Administrativo, área del derecho general que tiene que ver con la organización en detalle del estado y sus instituciones.
Un capítulo de esa materia era el correspondiente a las Fuerzas Armadas, su composición, distribución, rangos, insignias, nomenclatura y usos propios de los militares. En el curso en que Darío impartía su docencia nocturna había un alumno que era militar y asistía regularmente.
Entre alumno y profesor existía una relación personal normal y llevadera. El estudiante se mostraba afectuoso con su profesor y éste le trataba de forma respetuosa, en especial porque era también un alumno aplicado.
A fin de conocer más sobre el tema de las Fuerzas Armadas, tal como lo exigía el texto universitario, Darío se sintió en libertad de preguntarle a su alumno: ¿Cuánto hombres podrían tener actualmente las Fuerzas Armadas del país?
Así le inquirió ingenuamente el profesor a su amigo estudiante, que al momento se encontraba acompañado de otro cadete, también alumno en el curso. «No conozco el numero, profesor, sí podría decirle que seguramente es un dato secreto», fue la respuesta del militar. Ahí sonó el timbre, anunciando el fin del corto receso entre clase y clase.
Pero a las 10:00 de la noche, cuando salían todos, Darío Bencosme y Báez, fue requerido por el alumno y otro compañero militar y llevado en calidad de preso a la Fortaleza Ozama y encerrado en una oscura y tenebrosa celda solitaria cavada en la pared, donde apenas cabía semisentado.
Si bien la sola cárcel infundía un miedo pavoroso, no menos cierto era que el conocimiento del nombre del oficial que comandaba esa Fortaleza daba terror, pues se trataba de un oficial de largo historial de prácticas represivas que se iniciaron públicamente militando en la banda de asesinos denominada La 42, que bajo la jefatura de Miguel Paulino sembró el terror entre los años 1929-30.
El segundo hombre de la La 42, era Evangelista Cabrera, quien comandaba la fortaleza Ozama cuando Darío cayó preso.
Casi un mes estuvo encerrado en su celda solitaria el infortunado estudiante mocano Darío Bencosme, por preguntar cuántos guardias podría tener el Ejército.
Su inesperada desaparición llenó de espanto a sus familiares y amigos, pues nadie sabía dónde estaba, ni por qué se había ausentado de la universidad. En el hogar paterno todo era llanto y pesar.
La madre, las hermanas y su novia Teresita rezaban a diario el rosario y oraciones hogareñas en súplicas al Creador para que el hijo apareciera.
Los amigos capitaleños hicieron algunas infructuosas diligencias, también, y así algunos familiares bien relacionados.
Un día Sábado Santo, tan calladamente como fue detenido fue puesto en libertad, con la sola advertencia de que no volviera a preguntar nada sobre el régimen ni de las Fuerzas Armadas.
Dice Bencosme no haberle durado mucho su rencor al joven militar que origino aquel trance, por ser consciente de que el terror difuso -en este caso, el miedo a no delatar también operaba entre los militares.
El miedo generalizado fue, dice, la atmósfera que todos respiraron en la Era de Trujillo. (abigail@codetel.net.do)

