Acaba de decir el presidente Leonel Fernández, que la confrontación entre el PLD y el PRD en torno al centro de cómputos de la JCE era un diferendo técnico y no un conflicto entre partidos políticos. Sin embargo, él hablaba en su condición de presidente de un partido político cuando firmaba el pacto para terminar con el diferendo, junto al presidente de otro partido político: Miguel Vargas Maldonado. Solo faltaron los líderes de las organizaciones políticas minoritarias, convidados de piedra de nuestra folklórica democracia.
Decía también el doctor Fernández, que dicho pacto fortalece la institucionalidad del país; y para despejar dudas lo dijo franqueado por el cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez y monseñor Agripino Núñez Collado, que no son miembros del Tribunal Constitucional ni del Tribunal Supremo Electoral; son autoridades de nuestra Iglesia Católica y estaban ahí como testigos de fuerza moral para obligar a los firmantes a respetar sus rúbricas.
Es decir, que en la fortalecida institucionalidad dominicana, la nueva Constitución y las flamantes altas cortes no tienen capacidad para resolver sin ayuda extrainstitucional un simple diferendo técnico.
Y es que, en realidad, nuestra institucionalidad es como un colmadito rural pretensioso, con tramos repletos de botellas, litros, latas y cajitas bien paradas y relucientes pero de madera, falsas, colocadas para simular y entretener incautos.
Por ejemplo, si no me equivoco, el cardenal López Rodríguez se estrenó en el oficio de mediador en conflictos electorales de alto nivel durante la crisis de las elecciones presidenciales de mayo 1986.
Hoy, 26 años después, el cardenal tiene que seguir mediando entre partidos, el Gobierno y autoridades de la JCE. Durante esos años, la JCE se ha dividido y reformado de múltiples formas, pero frente a los asuntos gruesos sin la Iglesia y la embajada de Estados Unidos no camina.
Además, algunos líderes políticos son desleales a la democracia y al sistema de partidos, y aplican meticulosamente acciones divisionistas y de destrucción; porque, por ejemplo, cuando Leonel negocia con Miguel sobre la Junta a espaldas de Hipólito, lo hace para dividir a una institución: el PRD.

