Deportes

Dopaje y ruina por ambición

Dopaje y ruina por ambición

Por Ubi Rivas
Especial para El Nacional
El dopaje, fuesen por cualesquiera del abanico de sustancias alucinógenas o estimulantes, ha causado la ruina por la ambición desmedida en los deportes, sobre todo el béisbol, el Big Entertaiment (Gran Pasatiempo) de los Estados Unidos y presumiblemente en RD.

Presumiblemente porque el deporte nacional por excelencia, abrumadora mayoría y profundidad en la historia en nuestro país lo es la riña de gallos, que se practica a diario, 365 días al año, en unas cinco mil galleras, mientras que el béisbol profesional de invierno son 120 días en cinco parques.

Se persigue un perigeo, una baja mar, una disminución que bordea la crisis en la práctica de los deportes como aprendimos en nuestra mocedad, cuando brillaban en la constelación deportiva nacional Diómedes Olivo, Guayubín o La Montaña Noroestana, como lo rebautizó el inolvidable Félix Acosta Núñez, y su hermano Chichí, Aquiles, Horacio y Julito Martínez, Alcibíades Colón (El Arrocero de Mao, Alfredo (Chico) Conton, Tiant Tineo (El Cleeper), Terry McDuffie (La jit no gana juego), Luis Rodríguez Olmo, Tite Arroyo, Alejandro Crespo, Emilio Cueche, Roy Partlow, Dick Stuart (El Peje Cajón), Tetelo Vargas (El Gamo), Bert Hass, Alonzo Perry (Mister Refuerzo), Luis Villodas (El Villanazo), Rodolfo Fernández.

Más atrás, en la temporada de 1937, Pedro Alejandro Sam, Satchel Paige, Joshúa Gibson, a quien no pocos expertos consideran el catcher más grande de todos los tiempos, Luis Rodríguez (Burrulote), Luis Tomás Saillant, Frank Thomas.

Fue la época dorada de los deportes, donde la competencia en lo que definió el excelso cronista cubano Eladio Secades se cifraba en “la feria del músculo”, en la excitación ó éxtasis por medir las capacidades y dispersar el disfrute a la valla que acudía a los parques de béisbol para experimentar las sensaciones abiertas del espíritu, como los juglares y músicos acudían solícitos por las madrugadas a entonar sus requiebros a las dulcineas que aguijoneaban los corazones.

En la Gran Carpa, el escenario del mayor béisbol que se juega en la aldea planetaria, las referencias eran George Ruth, El Bambino eterno, Joe Dimaggio (Rl Yanqui Cleeper), Willie Mays, Stan Musial, Ted Williams, Larry Doby, Beto Avila, Mickey Mantle, Hank Aaron, Eddie Mathews, Ted Kluzuski y sus bíceps de 18 pulgadas con la casaca cortada en el hombro, Jimmy Pierce, que atrapaba lo imposible en el bosque profundo de los Chisox, Bob Feller, Mike García, Early Winn, Bob Lemon y Herb Scores, los cinco serpentineros que condujeron a los Indios de Cleveland a depositar una foja de 111 partidos ganados en 1954 para caer a golpe de conga en esa Serie Mundial inolvidable a manos de los Gigantes de Polo Grounds.

Ninguno de ellos se mencionó jamás con el uso de sustancias extrañas para rendir sus hazañas auríferas en la memoria deportiva.

Fue el escándalo de los Medias Blancas de Chicago en 1919, cuando los gangsters de esa ciudad introdujeron la cizaña de las apuestas en el béisbol y compraron a figuras como Chuk Gandill, Swede Reisberg, Buck Weaer, Happy Felsch, Joe Jackson, Jimmy Collins, así como a los serpentineros Ed Ciccote y Lefty Williams, y donde el juez Mountain Landis, en una sentencia histórica dictada el 28-09-1920, los expulsó de por vida de los parques de béisbol rentado norteamericanos.

Hoy, con la tristeza en el piso que nos provocan las indelicadezas de Rogers Clemens, Barry Bonds, Marc McGwire, y donde el periodista norteamericano-cubano Jorge L. Ortiz identifica que el 58% de los casos de esteroides de Grandes Ligas procede de RD  (Diario Libre 05-11-08), esparce una enorme decepción y pena en la grey dilatada que nos hemos arracimado y hacinado en derredor del deporte que fundara en 1869 el coronel Abner Doubleday en la grama natural de la villa de Coopertown en el estado norteamericano de Nueva York.

¡Cuanta pena y cuanta vergüenza!

El Nacional

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