Aunque periodistas, comunicadores y opinantes denuncien los actos de corrupción del funcionariado y el Gobierno; sin apasionamiento alguno podríamos colegir que a no pocos, paradójicamente, esas denuncias les han reportado pingües beneficios.
Incluso, si acaso en República Dominicana un dos por ciento se ha movilizado, en lo económico, en ello se inscribe un importante segmento periodístico. Los hay que eran pobres de solemnidad, que ya no lo son. Aunque haya, son pocos los periodistas que han elevado su status social al margen de revelar actos de corrupción en el oficialismo.
Son muy escasos los comunicadores que han ascendido en la carrera económica como fruto de la exposición de aristas culturales, populares y temas diversos, que nada tienen que ver con lo cuasi panfletario en lo político-partidario; hay que aislarse como periodista, o tener muy bajo perfil, para librarse del largo brazo de la corrupción. Por comisión u omisión, estamos salpicados por la corrupción.
Si se hiciera una exhaustiva investigación sobre quiénes han progresado en las últimas décadas-en los gobiernos peledeístas-notaríamos que, aunque casi todos han denunciado ilicitudes que devienen del litoral gubernamental, del mismo modo, hacen caso omiso frente a la corrupción de sectores particulares. ¿Hay corrupción en ello?
Podríamos asegurar que sí, no porque no le asista la razón sino porque aunque haya comunicadores calificados como bocinas del gobierno, obviamente, hay cláxones que no suenan o están desprovistos de alarma alguna con respecto a la corrupción de entramados de otros litorales políticos, o de empresarios con sonoros apellidos.
Y colocaremos como botón, otro ejemplo: Si soy una figura pública por el acto de denunciar inconsistencias gubernamentales, y en mi hogar uno de los míos, graciosamente, y sin concurso alguno devenga un jugoso sueldo en el tren administrativo del Estado o recibe algún beneficio, es seguro que ello se debe a mi influencia en una coyuntura histórica política que, en su momento, me favoreció. Para disentir con valentía, lo primero, es admitirlo.
Por lo tanto es un contrasentido que se ataquen actos de corruptelas sin convenir en que, por influencia, alguien ligado a mí conyugal o familiarmente, fue beneficiado por el Estado.
