Tu piel es mi mar, tu humedad es mi puerto, y yo solo soy un velero que encalló en tus besos. J. Umbrales.
La libertad tiene sus dones y sus perdones.
Siempre es preferible tener que corregir los excesos de libertad -que podrían rondar el libertinaje-, que vivir sin ella. Claro. Pero no deja de ser un grave problema y riesgo, vivir en un sociedad con extrema libertad pero sin responsabilidad.
Para vivir en libertad, el hombre debería estar a la altura moral y la madurez ciudadana de ejercerla.
Si el talento sin probidad es un azote, el ejercicio de la libertad sin responsabilidad es lo mismo: otro azote que va desprestigiando ese estado natural del ser humano que es la libertad.
Y así llegamos a un mundo nuevo donde a partir de unos smartphone que tienen más tecnología que toda la que poseía un medio de comunicación hasta hace apenas diez años, periodistas somos todos. Ahora todos podemos observar un hecho, tomarle foto/video, describirlo en 140 caracteres y lanzarlo al mundo.
El otro día, mientras realizábamos Voces Propias en la Z-101, junto a José Gómez, la Martínez Yolanda y yo, caímos en la cuenta (por un tema que no viene a cuento ahora), que entre ella y yo sumamos 120 mil seguidores en Twitter, y si Sergio Carlo, Ana Simó o Nuria Piera retuitiasen una nota o artículo nuestro, ese mensaje llegaría en milésimas de segundos a más de un millón de posibles lectores, que es una suma a la que ningún diario nacional, emisora de radio o canal de televisión se acerca. Impensable, pero es que el futuro era ayer, amor, y el hombre de este tiempo tiene que adaptar su vida a las nuevas reglas que la tecnología impone. Solo que esto nos lleva al principio: la responsabilidad para ejercer tanta libertad.
Y es que la libertad sin responsabilidad nos conduce al caos y a la maledicencia, y puede ser y es un arma terrible para matar reputaciones o para que derrotados de triunfos ajenos esparzan su veneno y resentimiento… y dale con Mr. Goebbels, el funesto alemán. La libertad ejercida sin responsabilidad puede convertirse en su propio verdugo.
Es aquí donde entra lo que considero el bien más preciado de un medio de comunicación, de un periodista, que, gracias a la tecnología, ahora somos todos.
Hablo de credibilidad, ese sentimiento de seguridad de que lo afirmado por X periodista está escrito desde la objetiva realidad o por lo menos desde su conciencia. (He ahí la gran riqueza de un columnista: su firma, claro, si tiene responsabilidad y se ha ganado con su comportamiento y trayectoria el respeto y la CREDIBILIDAD).
Ahora que las prisas que la tecnología ha traído al periodismo nos tienen destituyendo jefe policiales y asesores presidenciales antes de tiempo por darle el palo periodístico a los otros medios, es bueno que recordemos esto: hoy más que nunca, la credibilidad es la gran (y a veces la única) fortuna de un columnista/comunicador.
Con el exceso de información que Google nos brinda, ya el asunto no es obtener información, sino la seguridad de que esta es cierta y no responde a los intereses de ningún grupo político/económico, sino tan solo a la conciencia, vivencia e ideología y academia de quien lo escribe. Cuídese usted, colega, equivóquese si quiere, pero que nadie lo equivoque.
La libertad sin responsabilidad también puede ser un azote.
La credibilidad, (más el préstamo del Popular, la hipoteca con BanReservas y el dinero de las tarjetas del Progreso y el BHD, ay,) son nuestra única fortuna… siempre y que no lleguen a Legal. Saludos a Vicente Bengoa y sus cangrejos.

