Entre un barquito de papel y la nostalgia
sólo entonces comprendió que había sido víctima fácil de las trampas caritativas de la nostalgia.
El amor en los tiempos del cólera. G. García Márquez.
No es difícil caer víctima de las trampas caritativas de la nostalgia de las que nos habla García Márquez.
Todos amamos aquello que nos devuelve a nuestros años de la ingenua inocencia, a los años fervorosos y temerarios de la primera juventud; cuando estábamos convencidos de que, ay, las cosas para ser posibles no tienen que ser probables. Por eso, la mejor música, el mejor cantante, el mejor Licey, es el de nuestra generación. Perdemos la objetividad pero ganamos la gloria de volver a ser jóvenes promesas de cualquier cosa.
Por eso, ha sido tan nostálgicamente grato recibir un E-mail enviado por la prima Águeda Domínguez Ortiz, que con sus recuerdos nos ha devuelto a los felices años, indocumentados, irresponsables y locos, cuando, todavía éramos capaces de querer sin presentir, tú entiendes.
Gracias a este E-mail he vuelto a recordar, y ojalá recordemos juntos, nuestros soldaditos verdes, de plástico, entre los cuales siempre había un hombre-rana acostado, y uno de rodillas apuntando con una ametralladora. El «fufú» que construíamos con una tapita de refresco aplastada con un peñón. La bella niña del tercer curso, profesora Susana, a quien durante el recreo intentábamos enamorar haciéndole la tarea de historia y matemáticas. Nuestras flechas para cazar lagartos, hechas con un pincho de cabeza doblado en uno de sus extremos, robado del seibó de la hermana mayor. El amiguito de buen corazón que se negaba a matar un lagarto porque los lagartos son de la virgen.
Aquellas tardes en el fondo del patio, majando almendras secas o velando la paila de un dulce de leche recién hecho. La inolvidable primera visita al parque zoológico, con Cándido y Pilar, en la camioneta roja, marca INTERNATIONAL, de Ferquido.
Nuestros juegos a mano caliente, el pañuelo, al topao libertando, flor y convento, convento sin flores.
Cómo olvidar nuestra carta a los Reyes Magos pidiéndoles una bicicleta «Chopper» que nunca llegó porque, según mi madre, los muy azarosos reyes se habían equivocado de casa y le habían dejado la bicicleta a mi primo Alberto.
Cómo no recordar las competencias de barquitos de papel en el contén de las calles del barrio Mejoramiento Social, después de la lluvia, justo ahora, cuando las nieves del tiempo blanquearon mi sien y hasta Serrat nos impone esa nostalgia Cuando el canal era un río, cuando el estanque era el mar, y navegar era jugar con el viento
Ya ven ustedes, qué fácil es caer en las trampas caritativas de la nostalgia.
Ya lo ven: Por esta vez, ha bastado un e-mail para volver a ser feliz de país en país, entre la escuela y tu casa/ Después el tiempo pasa/ y te olvidas de aquel barquito de papel.

