Si cuando nace un libro nace una flor y brilla una estrella, cuando se inaugura un centro cultural es que en septiembre llegó la primavera.
Cuando anoche, los Perelló, con Rafael a la cabeza, entregaron a su pueblo el Centro Cultural Perelló, no solo estaban haciendo realidad un viejo sueño de su padre, que es mucho, sino que, además, estaban inaugurando el renacer cultural de una villa de largas tradiciones familiares, culturales, artísticas, literarias, deportivas.
Baní, a pesar de sus avances económicos de las últimas décadas, como casi todo el país con sus contadas excepciones, se había ido empobreciendo cultural, familiar, existencialmente.
Hace casi cuarenta años, en Baní existía la mejor banda municipal y una de las mejores academias de música del país; Olga Azar y el maestro Cestero nos ofrecían clases de canto lírico en los salones del ayuntamiento, un joven Roberto Salcedo ofrecía clases de teatro, y el Reverendo Thomas dirigía un coro que competía con el Coro Estudiantil. Los equipos de La Famosa y La Consciente se enfrentaban en el play, con Lavandero y sus lanzamientos difíciles, y Landestoy, Guabá, dando cátedras de cómo fildear un batazo que le iba ya por encima de la cabeza. Y había clubes culturales en los barrios, con tertulias y conciertos populares gratuitos.
Para entonces, Baní era un pueblo materialmente pobre, de una pobreza digna eso sí, pero pobre. Mi abuelo Pablito Ortiz, don Julio, Tío Bertinio y Don Roberto eran los ricos del pueblo, pero tan solo porque habían viajado a Europa, tenían un viejo carro de ocho cilindros en una marquesina y en su casa había aire acondicionado y una lavadora de medio uso.
Éramos pobres, de zapatos Mocashoe, tenis Campeón y camisa Gualco, sin embargo, cultural, familiar y existencialmente éramos unos príncipes. Hasta que un día, ¿en los 90?, comenzó a cambiar el mundo, y llegó el bienestar material y se fue diluyendo el pueblo en propiedades mal habidas y confores no trabajados. Y con el dinero mal habido fue llegando otra delincuencia mayor, y perdimos la seguridad, y no podíamos ya amanecer medio borrachos en las calles, dando serenatas a la María del Carmen que nos enseñó a leer a Neruda en sus ojos verdetristemar, ay, para terminar en la procesión con TODO el pueblo en la madrugada del 21 de noviembre.
Y pasó el tiempo, ocurrieron tragedias, y se fueron cerrando las opciones de ocio y cultura, y como ocurre en casi todo el país, todo termina ya en un car wash o un colmadón para sordos.
Es en este mal momento familiar y cultural, cuando aparecen Los Perelló y entregan a su pueblo el sueño de su padre ampliado en un majestuoso centro que deber servir para el florecimiento y rescate de unas tradiciones culturales que han ayudado a conformar lo mejor de una dominicanidad en peligro de extinción. ¿Do you know?
Baní ha sido ejemplo. Autogestionario. Trabajador. Organizado y pulcro que es algo más que ser limpio.
Baní merece renacer de su letargo. De un letargo que es nacional, es cierto, pero Baní, desde Hostos ha sido otra cosa. Por eso, además de café u hortalizas, siempre ha exportado valores, principios de laboriosidad y honradez.
Los Perelló, sin gobiernos ni partido político por el medio, han brindado el instrumento. A ver ahora, qué carajo, entre todo los banilejos, vamos a hacer con él.
Por cierto, a Chuchú y las muchachas de Masú, (Daysi, Noris, Diana y Kirsis), las niñas de Pablito Ortiz (Yolanda, Fellita, Rosina y Lily) les recuerdan que el sábado se van para El Recodo con los viejos.
