Opinión

El Bulevar de la vida

El Bulevar de la vida

La alegría, como la esperanza, es lo último que pierde un pueblo, el pobre, porque a veces es lo único que tiene.

De todas maneras, sigo pensando que con la vocación de nuestra gente para la alegría y el amor no hay maldad, pobreza, perfidia ni pena que valgan.

Se compra impunidad como libras de arroz, el país se funde en los semáforos, una hija es violada impunemente, la familia sucumbe desunida, la morena se fue con el sargento, Yulendis nos olvidó por el ministro, pero nada, siempre resurge victoriosa la alegría. Basta con su presencia, ay, su sola presencia, para que llegue la absoluta seguridad de que mañana, como a las siete, volverá a salir el sol y volveremos a ser patria, si es que algún día lo fuimos; o por lo menos, volveremos a soñar con la etílica posibilidad de serlo.

No hay partido, tendencia ni empresariado, termocefalia rancia ni trujillismo vivo, capaz de robarle a este pueblo su innata capacidad para ser feliz y de sus penas hacer rayos de sol, como un andaluz sin su perro que escuchara a Javier Ruibal rumbo a Marruecos. 

Parece un absurdo por inmaterial, pero, qué es una alma si no ríe, o como me preguntó Tagore ayer en la cafetera de El Conde: “¿qué es un hombre sin un sueño?”

 Ni políticos estresados, ni empresarios evasores, ni amantes vencidos ni poemas sin dueño, han logrado acabar con la vocación para la alegría que Tatica, la de Higüey, regaló a este pueblo, convencida ella de que su hijo (el Jesús) aprieta pero no ahoga.

¿Quién puede ya robarle la alegría a esta patria bullanguera y casi feliz, a pesar del llanto escondido en su pobreza y sus precariedades todas?

 El festival de sueños políticos empieza cada cuatro años y cada cuarenta y ocho meses desaparece, entonces nos sentimos vencidos por nuestras incapacidades y la voracidad de la rapiña, y es cuando surge –salvadora- la señora alegría, o sea, un dominó con bachatas y amigos, un colmadón con “frías”, Pavel y Vitico en Lucía, y el sabor a vida de la miel de abeja que simboliza su cuerpo, es decir, la alegría.

El Nacional

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