¿Qué Pasa?

El lado bueno

El lado bueno

Mientras veía a mi hermana apretar las manos de aquel desconocido, como quien teme que en cualquier momento se le puedan escapar, pensaba en el mundo que existe dentro de cada persona y la manera en que cada uno arma sus propias mentiras y hasta se las cree, para quedar en paz.

Ese fue el caso de Darío, aquel señor que llegó casi dos horas después a un concierto cristiano, provocando cuando entró a una fila de asientos para ubicarse, que todos a su paso se taparan la nariz, por el insoportable olor a alcohol.

El alcohol estaba en su cuerpo y parecía delatarlo saliéndole por cada poro y esos poros, talvez en rebeldía, daban permiso a la salida del olor, que nadie soportaba a su paso.

Se sentó a dos asientos de mi, justamente al lado de mi hermana, que me acompañaba, e inmediatamente tomó su celular, cual si fuera la emergencia de la noche.

Alguien parecía no dejarlo hablar al otro lado de la línea y más tarde entendí que era su esposa, quien al parecer le reprochaba por largas horas perdido fuera de su casa.

Lo miré al descuido y vi sus ojos perdidos, creí ver humo salir de sus labios cada vez que hablaba y sentí más fuerte aquel olor.

Siguió su conversación en la que intentaba convencer a su esposa de que sus horas perdido, las había pasado allí orando y cantando al Señor, en aquella multitud muy diferente a él.

Dejó el celular encendido para que ella escuchara los mensajes hermosos que una predicadora daba al público, en clara intención de sensibilizarla para que le creyera y de vez en cuando lo tomaba y le decía “mi amor si vieras cuanta alabanza, cuanta gente”.

De repente cerró los ojos, subió el celular para que su pareja escuchara mejor las canciones y comenzaron a resbalar lágrimas por sus mejillas, mientras oraba y bendecía, sacando una fe en medio de mil mentiras.

Lloró y lloró,  pero sus lágrimas no lograron el milagro de dispersar el desagradable olor que lo colmaba.

De repente la predicadora pidió que todos oraran tomados de la mano y vino un momento dificil, estaba a nuestro lado y mi hermana tenía que tomar sus manos, que imaginaba llenas de alcohol. El oró, y pareció convencido al hacerlo.

Nunca rió de sus mentiras, las dijo serio, calmado, seguro, pero tan seguro, que no había nada que cuestionarle, solo restaba creer que en realidad ese era el lugar en el que había pasado el sábado, “orando” y “alabando a Dios”.

Nada de alcohol, nada de olores. Solo una fe que salió por conveniencia y un alcohólico que se creyó su propia mentira hasta llegar a las lágrimas y fue muy feliz. Dios lo vio.

miguelinaterrero@hotmail.com

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