Cuando el viento falla
Hay palabras que se las lleva en viento, mientras otras, ya quisieras que se fueran de esta misma manera, pero se quedan y te marcan para siempre.
Si eres adulto, te duelen mucho, pero dependiendo de tu fortaleza las olvidas, superas o guardas mientras el dolor va pasando con el tiempo.
Pero cuando la víctima es un niño, esas mismas palabras pueden cambiarle la vida. El pequeño Luis dio a su madre una experiencia que atestigua esta afirmación, cuando un buen día llegó llorando a su casa, mientras le contaba que su profesora le había dicho que él era el peor de su clase y que nunca entendía porque era muy bruto. Las palabras dolieron a la madre, como si hubiera sido ella quien las recibió y cuando escuchaba a su hijo, daba vueltas en busca de una respuesta que lo dejara tranquilo y convencido de que él no era lo peor. Luis, con solo 7 años, pareció dar un giro a su vida a partir de ese día. Duraba horas y horas cuando tenía que hacer alguna tarea de la casa o la escuela, porque decía- para hacerlo bien tenía que aplicarse, porque todo le salía mal.
Luis parecía obsesionado o convencido de que era lo peor, tal y como lo había dicho su profesora, porque en todo o que hacía preguntaba una u mil veces si estaba bien antes de terminar, con la secreta seguridad de que lo que hacía era un fracaso.
Pasaba los dias preguntando a su madre si creía que él estaba mejorando o estaba mal y su inseguridad se hacía notoria. La madre de Luis trataba de buscar la manera de convencerlo de que no era el menos aplicado de los niños del mundo, pero la tarea no era tan fácil al parecer. Intentó convencerlo resaltando las cosas que él hacía, como una manera de hacerle ver que tenía arte para crear muñecos, pintar o hacer chistes.
Su madre emprendería la lucha por el chiquito que amaba tanto, mientras la vida la convencía de que las palabras, sobre todo las malas, no siempre se las lleva el viento. No, lamentablemente no.

