Nos referimos a Moca, por supuesto. Y a la provincia Espaillat, por extensión, con lo cual dedicamos este artículo a cantarle a sus verdes y escarpadas montañas. A las aguas cristalinas de sus ríos, cascadas y arroyos, sin dejar atrás el turquesa de las playas que nos esperan con los brazos abiertos entre arena, palmeras y sal, allá en Rogelio y Paraíso, lugares de ensueño en Gaspar Hernández. Gasparache, para sonar cercano y vernáculo.
Canto que, probablemente, se encontró con las inspiradoras lluvias de café en el campo, inmortalizadas por Juan Luís Guerra. Que de estas lluvias puede contarnos, con mucha propiedad, Anselmo Guzmán, mocano por los cuatro costados, como Geanilda Vásquez y José Miguel Cabrera, buenos amigos a quienes, con toda confianza y libertad, podemos pedirles que nos inviten a recrear gratos momentos de nuestras infantiles corridas en Juan López y Monte la Jagua, pasando por Licey y la propia población de Moca. Memorias que nos alcanzan hasta la adolescencia. Con ellas la alegría de fiestas en la inevitable Piscina al ritmo de Los Juveniles de Luís Ovalles.
Las caminatas matutinas que confluyen en el sagrado encuentro con la fe y el amor cristiano nos llevaban hasta la iglesia del.
Rosario. Las galletas de huevo venían antes o después, pero no faltaban, como tampoco dejaban de estar en la mesa la yuca con queso frito y un jarro de chocolate caliente o jugo de jagua que, en verdad, no era más que el agua saborizada y fermentada con la cáscara de esta fruta.
En fin, toda la provincia Espaillat siempre ha sido tan cierta como atractiva. Con sus variadas ofertas turísticas -incluyendo una rica gastronomía-, se nos antoja obligada, de rigor. Si no las probaste no estuviste en Moca.
Es adonde debemos ir, a pasear o a vivir, antes que nada. No es una sucursal del paraíso, como se dice comúnmente. Es el edén. Si creen que exageramos, ven y pregunta por los Guzmán, los Cabrera, los Espaillat, los Vásquez, los Michel o los Bencosme, los Alba.
Todas, familias amables, hospitalarias, donde vas a encontrar que a este ‘duice relato de esta paite dei Cibao’ le falta aún el toque cálido y personal que sólo los mocanos saben dar en un abrazo o en un cálido encuentro con una taza de café más mocano que su yuca. ¡Cuánto nos encanta y disfrutamos sel gracejo cibaeño! En Moca lo encuentras, divino y puro, en amenas charlas cotidianas en campiñas pintorescas. Debajo de un palo, meciendo alegremente nuestras ilusiones, sueños y esperanzas.

