Economía

Guerra comercial: China intensifica relaciones con socios tradicionales EU

Guerra comercial: China intensifica relaciones con socios tradicionales EU

Las sanciones contra gobiernos, personas físicas o compañías de sectores estratégicos han adquirido un notable protagonismo y sus efectos, pueden implicar desequilibrios en el orden mundial. Son un instrumento esencial de la política exterior y de seguridad de los estados, pero su aplicación genera inestabilidad geopolítica cuando los afectados son grandes potencias.
El bombardeo de las sanciones cobra sus propias víctimas, disuade e intimida. Y puede dañar a otras naciones que por sus alianzas, estructura productiva y compromisos financieros son alcanzadas en la deflagración. Víctimas colaterales pese a distancias geográficas o ideológicas.
EEUU, a través de los Departamentos de Estado y del Tesoro, ha impulsado acciones sancionadoras muy relevantes que se han intensificado a lo largo de este año.
Para su imposición dispone de mecanismos jurídico-políticos como los siguientes: la ley CAATSA (como respuesta a los ciberataques e intentos de influir en las elecciones presidenciales y por la anexión rusa de Crimea) o la Global Magnitsky Act (cuyo nombre hace referencia a Sergei Magnitsky y que fue diseñada para perseguir a responsables de violaciones de los derechos humanos).
Corea del Norte, Nicaragua, Venezuela, Rusia e Irán son algunos de los países que experimentan el poder de las sanciones. Pero a este respecto, el horizonte más oscuro es el que afecta a las relaciones bilaterales entre China y EEUU.
Un clima de enfrentamiento que supone dar el paso del ámbito de las sanciones a la guerra económica. “Balanza comercial” y “seguridad nacional”son los conceptos que dan forma a la dialéctica del conflicto.
La escalada en la tensión se hizo patente con las declaraciones y política de gestos de las autoridades chinas:
Li Keqiang (primer ministro) afirmó que “Beijing sobrevivirá” a cualquier desafío; Wang Yi (ministro de Relaciones Exteriores) acusó a EEUU de fomentar la “fricción comercial”; Liu He (viceprimer ministro) canceló un viaje cuyo sentido era rebajar la tirantez entre ambos estados; Wang Shouwen (viceministro de comercio) sostuvo que EEUU ha puesto un “cuchillo en el cuello de China”; Lou Jiwei (ex-ministro de Finanzas y presidente del National Council for Social Security Fund) defendió retener bienes que pudieran afectar a las cadenas de producción americanas.
En un orden diferente podemos citar el encuentro entre Vladimir Putin y Xi Jinping en Vladivostok, en el contexto de unas maniobras militares conjuntas, como una fotografía de frente común respecto a las decisiones geoeconómicas tomadas por la Administración Trump. O la llamada al embajador de los EEUU (Terry Branstad) para evidenciar desacuerdos con las políticas de su gobierno.
Algunos líderes chinos han apelado a CEOs de empresas con vínculos en ambos países a que se pronuncien sobre los perjuicios de la actual deriva (por ejemplo, a Tim Cook -Apple- en su última visita a Beijing). En esa misma línea, intervenciones como la de Jack Ma (presidente del consorcio Alibaba), anunciando el desastre que se avecina, invitan a introducir algo de sensatez.
La conversión de China en adalid del libre comercio con su propuesta de “aranceles invertidos”, que se traduce en abrir más su economía a productos no provenientes de los EEUU, es un signo de ofensiva. Situación que se produce en mitad del anuncio de acuerdo entre China y el Vaticano para el reconocimiento mutuo de las autoridades eclesiásticas.
El reforzamiento de los proyectos de integración económica alrededor de la nueva ruta de la seda marítima y terrestre sigue constituyendo el mayor reto formulado por Beijing. Pensar que esta apuesta intensifica la relación de China con países como Pakistán, Corea del Sur, Filipinas, Israel y el conjunto de Europa, todos ellos socios tradicionales de EEUU, muestra el posible tenor de los cambios que se avecinan.
Ante este panorama, algunos analistas abogan por recuperar el enfoque de una “destrucción mutua asegurada” desarrollado en la época de la guerra fría y que tenía como base argumental las capacidades nucleares. Tesis que se extrapola al presente para fundamentar que una confrontación directa -esta vez comercial- conduciría a un suicidio.
Más que profetas del cataclismo que auguran un final desastroso, la idea de aniquilación total contribuyea fortalecer la convicción de que es imprescindible que regrese la estabilidad y es un aviso sobre cuál sería la hipotética distribución de fuerzas si se cumplieran los peores vaticinios.
Siempre hay algo de ficción en ilustrar la correlación entre el pasado y el presente, pero es interesante recuperar ciertas experiencias que conciencien a la ciudadanía que vive indiferente ante lo que sucede en la política internacional.La historia siempre es contingente, carece de leyes, pero tiene la virtud de alertar sobre la proximidad del precipicio.
Hay una buena parte de incertidumbre en todo lo que rodea a las relaciones de poder y ala diplomacia, pero hay tendencias como las actuales que deberían suscitar en las sociedades debates serios sobre las consecuencias de iniciar batallas con objetivos finales que nunca son sencillos de alcanzar. Calcular la evolución de las posiciones de los principales actores internacionales sería una tarea imprudente, pero todo indica que la conversación definitiva sobre el conflicto comercial se producirá en la próxima reunión del G20.
Hasta entonces es conveniente que se mantengan abiertos los canales de comunicación y que los interlocutores con capacidad de decisión sean claros (una petición que Cui Tiankai, embajador de China en Estados Unidos, ha solicitado con reiteración).
Es la única forma de evitar una “guerra prolongada” -expresión maoísta- que debilite aún más la precaria estructura internacional.
El autor es doctor en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid.

El Nacional

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