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En la entrega anterior dije que en sus primarias el Partido Republicano puso en evidencia que no tenía propuesta presidencial para competir en las pasadas elecciones estadounidenses; y que al elegir a Mitt Romney, de quien ya se sabía que era el abanderado del ala más radical del conservadurismo rojo, decretaron su derrota. También apunté que la insensatez y el fanatismo de los seguidores de Romney, se encargaron de trillarle el camino hacia el fracaso.
Los del Grand Old Party, hoy Tea Party, parece que soslayaron el discurso liberal y emancipador de su fundador, el prócer y mártir Abraham Lincoln, quien, no obstante, con sus ejecutorias demostró ser más demócrata que los mentores del partido azul. A sabiendas de que la oligarquía solo vela por sus intereses, se matrimoniaron con su causa; y, al mismo tiempo, renegaron de la convivencia democrática, en tanto panacea a la que todo ser humano aspira, como complemento de su libertad.
Un gobierno de la gente, por la gente y para la gente, como fue concebido por los prohombres de la civilización griega, Platón y Aristóteles. Pienso que por ese motivo surge el divorcio de los republicanos con el legado lincolniano con la obligada consecuencia de apurar la aplastante derrota recibida al perder el voto electoral en California, Nueva York, Nueva Jersey, Florida y Pensilvania, estados determinantes para llegar a la Casa Blanca.
Esos cinco estados representan 147 votos electorales; la mitad y un chin de la cantidad necesaria para obtener la presidencia de la Unión. Además, la presencia latina es abundante e influyente en esos estados. Los estrategas republicanos, a pesar de que conocen esa realidad, no hicieron lo que las circunstancias demandaban: conquistar a ese importante grupo étnico.
Con la clase media sucedió algo semejante. Los republicanos se inventaron la brillante idea de afirmar que no era obligatorio aumentar los impuestos para salvar la economía. Esa patochada los hizo caer en su propia trampa, pues tan temerario juicio no era menos que vulgar demagogia

