Una democracia donde los políticos y partidos se venden en base a tribalismos y lealtades, y no a ideas o propuestas concretas es francamente una democracia ciega. Los votantes no saben por lo que votan ni tienen una base para eventualmente juzgar la acción de sus políticos una vez elegidos. Votamos por slogans y no por lo que aspiramos como nación, una democracia levantada sobre pilares de este tipo es naturalmente frágil.
Ciertamente la República Dominicana no está particularmente carente de problemas estructurales que ameriten ser atendidos sobre los cuales los políticos puedan trabajar una propuesta y venderla al electorado. Es por esto, que el problema fundamental está en los mecanismos de incentivos para hacer esas propuestas.
A pesar de la disfuncionalidad de nuestra política, la realidad es que a los dominicanos nos gusta votar. De hecho, nuestro país ha mantenido una de las menores tasas de abstencionismo electoral en la región de manera consistente desde hace décadas. La falta de ideas o de propuestas no ha sido factor para que el electorado asista o no a los procesos electorales.
Esta alta participación de votantes que lucen ser movilizados sin necesidad de un plan o visión de país, son el mayor desincentivo para los políticos a hacer propuestas. De hecho, en este escenario, hacer propuestas electorales funciona como un factor de riesgo para los políticos.
Es más difícil crear una tasa de rechazo sobre alguien que personalmente no se conoce con una foto, unos colores y un slogan, que con ideas que pudieran ser controversiales en la población.
En democracias más desarrolladas sería inconcebible para un partido o un político individual hacer una campaña sin al menos una propuesta creíble para vender a los votantes, la falta de visión tiene un precio caro ante el electorado y se paga de forma contundente en las urnas.
En República Dominicana ese control no existe y por ende tenemos una democracia que se maneja a ciegas.
Una democracia a ciegas se mueve alrededor de efectos de golpe, y las transiciones del poder tienden a coincidir con variaciones negativas en los ciclos económicos o eventos fortuitos.
Los votantes no están eligiendo una visión del país que quieren, sino castigando o celebrando al gobernante de turno por algo que por lo general va a escapar a su propio accionar.
Esta democracia ciega es culpa de todos nosotros, los que votamos y seguimos incentivando que esta se mantenga así. La composición de nuestro congreso y nuestros municipios, consistentemente criticada por la calidad de políticos que suelen llegar a esas posiciones, es enteramente responsabilidad de nosotros.
La falta de propuestas y de debate es nuestra culpa. La pregunta sería, una vez eso esté asimilado ¿Qué haremos al respecto?

