Opinión

La ferocidad de un falso pastor

La ferocidad de un falso pastor

SUSI POLA
SANTIAGO.- José Antonio Dionisio Liriano es el nombre del falso pastor evangélico dueño de un hogar de menores, a los que les decía creer que para ser «líderes» debían mantener relaciones sexuales con él. Un verdadero lobo feroz que se además de presentarse a la comunidad como un pastor, aseveraba ser un narcotraficante arrepentido y en purga de sus pecados, cuidador de menores, “para compensar el daño que hizo a la sociedad”.

La seriedad de la coordinadora del Departamento de Niños, Niñas, Adolescentes y Familia de la Procuraduría General de la República, Marisol Tobal,  y la custodia de los niños, niñas y adolescentes abusados/as por el Consejo Nacional de la Niñez (Conani), así como la prisión del victimario, como medida de coerción mientras se esclarecen los hechos, debe ser garantía para las familias de esas/os menores.

También el pueblo debe hacerse vigilante de tantos casos de abuso y explotación sexual a menores, sea o no comercial, un dolor que nos invade con cada episodio y no ha producido suficientes fuerzas como para eliminar esas prácticas de nuestra cultura. En realidad, nos resentimos en nuestra conciencia colectiva, sin importar si las personas envueltas son o no conocidas y vamos desarrollando una especie de coraza que tapa, cada vez más y mejor, nuestra capacidad de asombro.

En este momento, se refiere que, las alrededor de cuarenta criaturas que compartían en el albergue del pastor agresor, están siendo examinadas y ojalá las autoridades y el encuadre institucional encargado, recuerden lo difícil que es un proceso legal para los/as menores, contra sus ofensores. Empezando por la falta de adecuación con las necesidades de las pequeñas víctimas y pasando por los altos índices de impunidad que campean en nuestra justicia, un sistema que pocas veces cae en la cuenta de la gran vulnerabilidad de los niños y las niñas víctimas de abuso sexual por parte de superiores a cargo de su vida.

Hay situaciones que se presumen en los casos de abuso sexual infantil, como la culpa del adulto ofensor, que debe ser quien esté siempre “en control” y protegiendo al niño o a la niña, por lo que es específicamente cruel culpar a las víctimas que necesitan de mucho apoyo y cariño en el momento de confiar el relato del crimen.

Como sociedad, no podemos minimizar estos acontecimientos que se unen a otros de mucha violencia ba sada en el género, y mucho menos olvidarlos por lo que tomemos en cuenta que estos crímenes son resultado de la compleja cultura machista, de la tolerancia social que desarrollamos para el tema, de la impunidad, de la debilidad de las políticas de protección a la niñez y adolescencia, entre otras causas.

¿Quién se acuerda de las niñas violadas en Higüey? ¿Qué suerte corrieron? ¿Cómo puede ser que todas las personas adultas envueltas en el crimen hayan muerto, unas en el fuego de la cárcel de Higuey y otras de manera misteriosa? ¿Nos hemos ocupado, como ciudadanía, por investigar más de ese y otros casos quedados en el olvido? ¿Cuánto importan estas criaturas al Estado dominicano?

Además, la desgracia de menores en condición de abuso por personas adultas, debe ser un tema prioritario en las agendas informativas, porque existe un desconocimiento público de las consecuencias que estos crímenes generan para la niñez, lo que genera una situación de complicidad en el silencio y de impunidad para la recurrencia.

En medio de tanta preocupación por la fecundación, el cigoto, el embrión y en general, el comienzo y final de la vida, para que la defensa no sea por la que se da en el claustro materno solamente, hay que proteger a nuestros niños y niñas.  ¡Y hablar, declarar, comentar, exclamar y confesar el tremendo pecado de la indiferencia con la infancia desprotegida que ya nació y reclama su justicia!

(susipola@gmail.com)

El Nacional

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