No hay argumentos creíbles que sustenten el temor que se profesa no solo en la opinión pública, sino descabelladamente desde órganos oficiales, sobre un supuesto proyecto foráneo de fusión de la isla. Cualquier análisis superficial de la idea llevaría a la rápida conclusión de que tal aventura no produciría ningún tipo de beneficio ni a República Dominicana, ni a Haití y mucho menos a las potencias económicas que nos vinculan. Es por ello que más que de la fábula de la fusión, debemos empezar a preocuparnos por las consecuencias de ese tan persistente temor.
Para encontrar un ejemplo de fusión de países en el mundo moderno, el mejor punto de referencia sería Alemania. Si bien la reunificación alemana puede ser considerada un éxito hoy, la realidad es que la misma no se produjo ajena de escollos que en cierta medida aún persisten, existiendo todavía diferencias significativas entre lo que fueron el lado Este y el lado Oeste.
Si partimos desde el punto de vista estrictamente económico, el ejemplo alemán indicaría que la fusión de Haití y República Dominicana provocaría una mejora sensible en las condiciones económicas del lado más pobre a expensas del lado más rico (o en nuestro caso, menos pobre), aunque el rezago nunca sea definitivamente superado. Pero es importante destacar que el relativo éxito económico de la fusión alemana fue ayudado por la ausencia de barreras culturales, sociales e históricas que permitieron que el proceso de unificación alemana transcurriera de forma pacífica. En esta isla sin embargo, las diferencias entre ambos países podríamos catalogarlas como insuperables y los conflictos sociales en una aventura de fusión serían altamente probables.
En nuestro caso esos conflictos podrían degenerar en violencia, efectivamente deprimiendo aún más no solo la economía del lado Oeste, sino de toda la isla. Esto a su vez implicaría un enorme costo tanto en asistencia económica y pacificación para la comunidad internacional, y agregaría una presión migratoria adicional para países como Estados Unidos, Francia y España que presumimos, por el momento, indeseada.
Ante ese análisis meramente superficial de las perspectivas de unificación, no es difícil concluir que en un escenario donde todos pierden, la idea de fusión queda de pleno descartada. ¿Por qué, sin embargo, persiste ese temor en la República Dominicana?
Es cierto que cada cierto tiempo se producen declaraciones que a veces, sin guardar mucho las apariencias, sugieren una fusión, sea por desconocimiento, necedad o tremendismo. Pero pecamos de irracionales al otorgarles más relevancia a los personajes que las dicen, de la que realmente tienen e implica pérdida de tiempo responder.
Una fusión con Haití simplemente no es posible, y las entidades con capacidad de hacer ejecutar un proyecto de esa índole están más que conscientes de ello. Insistir con esas intrigas sin fundamento sólo ha servido para añadir leña al fuego del pernicioso aislacionismo que caracteriza al trato entre Haití y la República Dominicana. Y es este aislacionismo y no a otra cosa, a lo que se le puede atribuir una parte significativa de la responsabilidad detrás de los problemas netamente dominicanos derivados de los males netamente haitianos.

