Aunque Francis Fukuyama intentó de un plumazo ponerle fin a la historia y, con ello, echar al zafacón las hazañas de los grandes hombres y mujeres que han forjado el concepto de humanidad, lo cierto es que existen figuras que, a casi 100 años de su partida física, siguen gravitando por su dimensión histórica como paradigmas de sacrificio e inteligencia privilegiada.
Este es el caso del fundador del Estado Soviético: Vladimir Ilich Uliánov, conocido universalmente como Lenin.
Algunos de sus biógrafos afirman que, a sabiendas que Jorge Plejanov había tomado el pseudónimo de Volguín, por el río ruso Volga, este prefirió usar el de Lenin, por el río siberiano: Lena.
A Vladimir Ilich Uliánov le tocó ser actor de primer orden, en una Rusia zarista convulsionada y un siglo XX erosionado por un imperialismo voraz que definía sus intereses económicos en el último rincón del planeta. Dentro de ese contexto histórico, Lenin »soñó» con crear una sociedad nueva, sin ricos ni pobres, donde todos tuvieran derecho al trabajo.
Amparado en la doctrina del socialismo y los trabajos científicos de Carlos Marx y Federico Engels, Lenin tuvo la visión de construir un partido vigoroso, disciplinado y que respetara el centralismo democrático, es decir, la subordinación de las minorías a las mayorías.
No hay dudas de que el maestro Juan Bosch tomó en cuenta este modelo para fundar el PLD.
Lenin reunió todas las condiciones de un genio político. En el año 1902, escribió su libro »¿Qué hacer?» para orientar sobre la construcción de un partido marxista revolucionario, distinto a aquellos cuyos propósitos eran puramente economicistas. Todos sus críticos están contestes en que Lenin manejó a la perfección los conceptos de tiempo y espacio. Por eso, observó con frialdad la guerra entre Rusia y Japón, al igual que el domingo sangriento que provocó la »revolución de 1905».
Pero el genio de Lenin, organizador, tribuno, teórico, pero sobre todo, perspicaz, advirtió con tiempo que esa no era la verdadera revolución proletaria.
En sus libros »Un paso adelante, dos pasos atrás» y »Dos tácticas
de la socialdemocracia en la revolución democrática», pulverizó a los mencheviques y fortaleció la teoría marxista. Pero, donde su genialidad salió a relucir con más brillantez, fue en la Primera Guerra Mundial de 1914-1918, pues mientras muchos líderes de importancia se entregaron en cuerpo y alma a esta guerra, Lenin la definió como imperialista y llamó a la paz y a la abstención.
Esto, sencillamente, entra en terreno de los genios.
Pienso que el momento cumbre del padre del Estado Soviético es cuando anuncia el tiempo preciso de la insurrección armada con la posibilidad objetiva de éxito, como en efecto ocurrió.
Paz, tierra, pan y todo el poder para los Soviets. Con este grito de guerra, el genio de Lenin, dio respuesta a una de las revoluciones más complejas del mundo.
A veces quiero darle la razón al siempre maestro Ralph Waldo Emerson cuando dijo que la historia de la humanidad es el resultado de las grandes biografías.
