Quedan fuera los medios, los deberes y la dignidad de los derechos del médico con la sociedad, ese individuo que lleva la responsabilidad de comprenderse a si mismo, de hacerse cargo de su propia vida y de la vida de los demás. Cuando el entusiasmo por su profesión es un concepto cegado por el lucro y si ese concepto profesional pierde el entusiasmo, se vuelve parapléjico.
Descartes nos decía que: «La desgracia del hombre es que nace niño». Por tanto, es inaceptable que la clase médica siga escribiendo su propia vida, utilizando modelos inadecuados, donde la imagen se mezcla con la vocación y los altos precios en los honorarios, se confunden con la solvencia especializada en los diagnósticos o en los tratamientos de las dolencias.
Es una lastima que los servicios sanitarios y de salud se desarrollen en medio de un campo de fuerzas, donde cada una es un mundo de intereses sentimentalmente concebidos y aprendidos, pero, con sedimentos muchas veces tan pesados y onerosos, como los que acumula un río en su oscuro lecho.
Por eso, y supuestamente para vivir, la semiótica, la ciencia que según Humberto Eco, estudia todo lo que se usa para mentir, constituye un gran atractivo en muchos consultorios, una especie de gemelo adversario que convive con el galeno.
Comprendemos la gran manipulación de que son objeto el deseo, la necesidad y las creencias, conceptos reprogramados a la conveniencia de poderes operativos, y simbó1icamente cambiados con el único fin de modificar sentimientos, como la compasión, la vocación y la solidaridad, la amistad, la lealtad y la honestidad, la sinceridad, el sentimiento del deber de la obligación y el compromiso, que todo médico debe a sus semejantes.
Porque, en todo caso, sería más importante para un médico en estas circunstancias tan confusas y perturbadoras, aprender a desear a necesitar y a creer. Vienen a nuestras memorias las palabras inolvidables de ese gran maestro del estoicismo optimista, Epícteto. «No son las cosas las que nos hacen sufrir sino las ideas que tenemos de ellas».
Falsear un diagnóstico, inflar o extender deliberadamente la convalecencia clínica de un paciente, en aras de incrementar los costos de servicios, para satisfacer los nuevos deseos, las nuevas necesidades y las nuevas creencias, que impone un novedoso estilo de vida, basado en el poder de la apariencia, que transfigura lo real con lo simbólico y crea nuevos hábitos de consumo en el médico, los cuales deberá satisfacer, eso sí, en desmedro de la economía fa miliar de los pacientes, es sencillamente, una aberración humana.
Estamos, claro está, ante placeres que muy bien merecen una golpiza, y frente a unos progresos y unas famas personales en el ejercicio ministerial de la medicina, cuyo único honor debería estar en una hoguera.
Calculan mal estos galenos el valor del éxito y, el de la desdicha, el del triunfo y el del fracaso, pero, si evitaran las ilusiones que se forjan alrededor de estos novedosos deseos, necesidades y creencias y, en su lugar, pensaremos en la exaltación del alma, confiando en nuestros bienes espirituales propios y duraderos.
Es mejor, colegas, lo malo que se mejora que lo bueno que se empeora, cuidemos nuestra profesión y la reputación de los centros hospitalarios que nos ofrecen albergue en sus instalaciones, alejando estos falsos deseos, las ficticias necesidades y las culposas creencias, del circulo honrado de nuestras vocaciones, ya que, la virtud de la medicina, muchas veces es tan santa que la bondad de el ejercicio médico, puede ser un crimen.
Es desde una filosofía moral de mínimos y construyendo una ética concertada y universalizada con la justicia y basadas en las leyes que rigen el estado de derecho, como podremos vencer el cinismo informativo que explota el delirium tremens de la opinión pública.
Ese que prevarica y trafica con la ignorancia y el desconocimiento de las audiencias, el mismo que le impide a la población establecer la diferencia entre el periodismo responsable y el periodismo neurótico, ese que convierte en pieza de producción pecuniaria, la incredulidad, la desconfianza, el desprecio y el afán de crear escándalos, contra honrosas y honorables practicas médicas.
Importa muy poco la erudición, los grandes conocimientos y los avances tecnológicos, si el cerebro se queda anclado en el pasado, dependiente del sistema integrado

