Opinión

La mujer, siempre la mujer

La mujer, siempre la mujer

Me place traspasar el umbral que no todos tienen la suerte de conocer y descubrir, donde lo que parecía imposible, abstracto, difuso, infinito e inalcanzable, comienza a tener sentido, conduciéndonos por el sendero infinito de arribar a lo verdadero, real y satisfactorio que nos permite alcanzar el hasta hace poco insondable deleite de esa sensación sublime que representa el contemplar, y más, sumergirnos en el indescriptible goce de querer a una mujer.

¡Ay!. Qué felicidad siente quien puede tras duro batallar olvidar el rigor de la jornada como un personaje de René-François de Chautebriand en su novela “Memorias de Ultratumba”, quien “Por la noche descansaba de las lágrimas, sudores y palabras que había vertido en el Consejo, en el seno de una dama que había venido de París entusiasmada con su genio”.

Benditos sean todos los elegidos a entrar en este paraíso terrenal, reino exclusivo del amor y el querer, emanados de ese ser excepcional que es la mujer, pues ante tal tesoro, muchos con mal disimulado egoísmo, para que otros no lo disfruten, permanecemos silenciosos y felices disfrutando gota a gota la exquisita miel que brota por los poros de todas las féminas -sin limitación alguna para la rubia, morena o trigueña-.

Esta tarde, sin lugar a dudas, no hay cabida para más nada que no sea para halagar a la mujer que permanece lozana, como límpido arroyuelo allá, en su colina verde y azul. Porque es imposible vivir sin sentimiento de puro amor, con un alma impasible, siempre anestesiados por la amargura y los problemas, helados, que no tiemblen ante los efectos apacibles o fogosos de eso que sólo la mujer puede alborotar en lo más profundo del alma de los mortales.

Esto, no lo digo por mí, que hablo y vivo de la misma manera, sino para llamar la atención de aquéllos que se les va la vida como una corriente de agua sin que llegue a mojar sus riberas, y por igual el amor y sus sentimientos. Porque en cuanto a mí toca, viviré como me convenga sin apartarme, en primer lugar, de la virtud. Por eso espero que la malignidad que sólo sabe derramar veneno no confunda o tergiverse con burdas maquinaciones mi buen sentimiento hacia la mujer, con vicios depravantes, porque de así hacerlo, ese mismo veneno que destilan por sus ponzoñas se verterá en sus propias interioridades.

Aunque lo pretenda, no puedo dejar de adorar el dulce sentimiento de querer a la mujer, esa virtud que nació con los hombres, porque ese ser bendito nos engendró y no dejaré la virtud de adorarla, de seguirla, aunque en ello se me vayan quedando en el camino pedazos del alma –total, que sólo Dios y Ellas, es que tienen la potestad de ponerla a vibrar como cuerda de guitarra-, que de manera tan elocuente, en su ocasión, escribiera François Mauriac, para que hoy pueda este infeliz mortal poder decirles a la trigueña, la rubia o la morena que “el día que tú no ardas de amor, muchos morirán de frío”; claro, yo seré de los primeros.

Ésa es la mujer. La caldera que alimenta nuestro ser y sin la cual este mundo no existiría, sin ellas viviríamos sin fantasías, sin ilusiones, sería en otras palabras, morar en el mundo de la nada, sin inspiración, vacíos, sin sensaciones que nos hagan estremecer de puro y agradable placer. Y en esta tarde sabatina, aunque veamos a esa mujer pasar, bastaría decir como José Ángel Buesa: “Así, verte de lejos, y no decirte nada/ ni con una sonrisa, ni con una mirada/, y que nunca sospeches cuánto te quiero así (…) y lograr que mi rostro se quede indiferente y que el gesto de hastío parezca de placer”. Esto y más, únicamente lo puede producir una mujer.

En esta materia tan espiritual me atrevería a parodiar a Séneca para decir de frente y con toda entereza, ante aquéllos apandillados que ladran y pululan en la oscuridad moral, “¿qué cosa prohíbe que no puedan unirse la virtud y el placer, y hacer un sumo bien, de modo que una misma cosa sea honesta y deleitable?”.

Girar como una noria alrededor de la mujer es un placer, porque precisamente lo honesto y deleitable no tiene cosa disímil del gozo que se origina en la virtud, aunque en este girar y girar se nos vaya la vida y más que nada y por encima de todo…el amor. O decir las palabras que Calderón de la Barca pone en labios de Segismundo: ¿Que quizá soñando estoy, / aunque despierto me veo?/. No sueño, pues toco y creo/ lo que he sido y lo que soy”.

Pregonando estoy estas cosas y no le quito los ojos de encima a una bendita trigueña, o bien sea a una rubia o morena, y en eso recuerdo lo expresado por Pearl Buck cuando sentenció que “muchas personas pierden las pequeñas alegrías esperando la gran felicidad”. Sin lujuria y sin maldad, aunque pendiente de que “así como el exceso de virtud hace el vicio, el exceso de arte llega a ser artificio”.

Es mi deleite vivir esta tarde sabatina con la vista puesta en la mujer y el acompañamiento de Lope de Vega, con el pensamiento libre, como águila en alto vuelo, proclamar con él: “De cuantas cosas me cansan fácilmente me defiendo, pero no puedo guardarme de los peligros de un necio”. Porque no todo puede ser perfecto, y mientras tanto, entre intrigas y malabares, “a mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para andar conmigo me bastan mis pensamientos”.

Confort y tranquilidad entre versos y estrofas, la realidad y la mujer, ya que de alguna manera hay que expresar la repulsa que inspira la manifiesta voluntad de hacer daño, sin importar quién sea la victima. Pero con todo y todo la mujer no es más que un verso, una estrofa convertida en un piropo o un suspiro transformado en una dulce y agradable realidad. Por eso podemos decir, para culminar la tarde que “Ama tu verso y ama sabiamente tu vida,/ la estrofa que más vive, siempre es la más vivida/. Un mal verso supera la más perfecta prosa,/ aunque en prosa y en verso digas la misma cosa”. ¿Lo ven?, de una u otra manera siempre llegamos a ese ser bendito que es la mujer. ¡Que viva la mujer!, sin ninguna duda ni temor y que se quemen en la más calcinante hoguera los canallas que osen herir, ofender o maltratar a una mujer, aunque sea con el pétalo de una flor. ¡Sí señor!.-

El Nacional

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