El 5 de julio es una fecha sagrada para los venezolanos. En 1811, los representantes de las provincias que constituían la Capitanía General proclamaron su separación de la Corona española. Ese día, que se supone sagrado para la nación, fue el escogido por turbas oficialistas para asaltar con palos, cuchillos y armas de fuego la Asamblea Nacional con el propósito de demostrar que no era en vano la advertencia del presidente Nicolás Maduro de que obtendría a la fuerza lo que no pueda conseguir en las urnas.
La violenta irrupción en la sede de un poder que el Gobierno ha inhabilitado desde que perdió las elecciones legislativas descalifica la Constituyente convocada para el 30 de este mes, con la que Maduro pretende legitimarse. Tras rehuir como el Diablo a la cruz celebrar el referendo revocatorio y convocar las elecciones de gobernadores, el heredero de la Revolución Bolivariana ha optado por fabricarse un traje a la medida de sus ambiciones con la reforma que pretende de una Constitución que, en lugar de cumplir, ha pisoteado.
En una cantaleta que solo provoca burlas, para Maduro el único responsable de la crisis venezolana es el imperialismo norteamericano. Pero el mundo está lo suficientemente informado como para que los venezolanos no sepan que en solo 38 años los jóvenes de Apple han logrado una empresa que es más grande que economías como las de Venezuela y Cuba juntas. Además de que resulta irónico que a pesar de su aversión a Estados Unidos, una nación como la suramericana, abrumada por la inflación y problemas de desabastecimiento de alimentos y medicamentos, aportara 500 mil dólares para la fiesta tras la ceremonia de juramentación del presidente Donald Trump.
Desde el 1 de abril, cuando se reanudaron las protestas, han muerto más de 90 personas y se dice que más de mil han sido detenidas. En una atmósfera colmada por las tensiones, el Gobierno, antes que la mesura, recurre al aparato militar y las turbas oficialistas para intimidar a una población que, a contrapelo, se torna más desafiante no solo en sus ansias de democracia, sino en su repudio al presidente Maduro. Lo que se ha visto es que a pesar de la violenta represión la gente no teme las consecuencias en su lucha contra el régimen.
La invasión de la sede del Parlamento el mismo día que se conmemoraba la independencia de Venezuela no es un hecho casual. Refleja la determinación del Gobierno de movilizar todas sus fuerzas tanto para evitar el plebiscito convocado para el próximo domingo por la Asamblea Nacional como para imponer su Constituyente del 30 de este mes, sin importar que rueden símbolos como los de Simón Bolívar y Francisco Miranda.

