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Literatura infantil: arte y creación

Literatura infantil: arte y creación

Algunos estudiosos de la literatura infantil justifican emplearla   para inculcar en los niños y jóvenes el buen gusto, el sentido de la nobleza y de la justicia, la conciencia del deber  y el amor al trabajo.

Alga Marina Elizagaray, especialista cubana en literatura infantil, en su  libro “Niños, Autores y Libros”, al pronunciarse  decididamente contra el moralismo y el pedagogicismo,  justifica  la posibilidad de que la  literatura infantil se ocupe de ese rol, pero lo condiciona  a que   la misma sea “verdadero arte y  hable con el lenguaje de las imágenes y los sentimientos”.

De modo que al hablar de educación en valores, ejes transversales, metas curriculares no se piensa en la literatura infantil, o sí puede pensarse  en ella, pero sabiendo   que ésta es un acto de recreación estética, que lo primero para ella es conseguir que el niño encuentre en las palabras un instrumento de juego.

Esto de que el niño encuentre placer en la lectura, que la disfrute como un juguete,  es una concepción ampliamente difundida y aceptada. Al respecto me permito traer una cita muy certera del especialista español Daniel Cassany:  “La lectura por placer significa, en primer  lugar, buscar textos que interesen a los alumnos y que hablen de sus problemas. Significa fomentar la literatura  infantil y juvenil. Significa también no  obligar a los niños a leer este libro o el otro, sino dejar que ellos elijan. Y permitir, que si no  les gusta, lo dejen y vayan a otro libro. Es decir, actuar de la misma forma en la que actuamos los adultos”. 

 Lo dicho por Cassany, que no es literato, sino educador,  es parte de un reclamo universal en el sentido de que las obras literarias  se oferten a los niños como parte del recreo, del momento ameno. La lectura debe constituir para los niños un ejercicio de libertad y disfrute.

El estado natural del niño es la libertad, no tiene por qué padecer un minuto de opresión. El juego es una auténtica expresión de esa libertad, la lectura debería complementarla. Cuando padres y maestros olvidan que la principal ocupación de un niño es el juego, las cosas andan mal y por ahí entran las restricciones y prohibiciones, que a menudo dejan en el niño una secuela fatal.

 Nada menos que Sigmund Freud, a principios del siglo 20, se refería a este asunto señalando  que: “Cuando el niño aprende el vocabulario de su lengua materna, se complace en experimentar con ese patrimonio de una manera lúdica. Acopla las palabras sin preocuparse por su sentido, para gozar del placer del ritmo y de la rima”.

 Aserrín, aserrán/Los maderos de San Juan/Comen queso, comen pan./Los de Juan comen pan./Los de Pedro majan hierro,/Los de Enrique, alfeñique./Y los otros triqui, triqui.

Esta cancioncilla da la razón al sabio austriaco. ¿Qué es lo que predomina en ella? La igualdad de sonidos, pues si la vemos desde el punto de vista del contenido, poco encontraremos en ella… y de moraleja, nada.

La intención ideológica  varía  de acuerdo a muy  diferentes circunstancias. En muchos casos, la obra  infantil es  impregnada de intención moralizante porque el autor lo ha querido así, eso es lo que  él o ella ha sentido, sin que nadie se lo haya exigido.  Ahora, una verdad incuestionable está en el medio de esto: la creación literaria resultará disminuida si se le somete a un plan estratégico para divulgar determinada ideología.

Me luce  que en los mediadores entre el niño y el libro hay mucho miedo a presentar un texto sólo como instrumento para jugar. Entienden que si el libro no educa o no ayuda al niño a ser mejor,  no tiene razón de ser. De ahí tal vez el  miedo que se aprecia entre maestros y editores para motivar a los otros grandes mediadores, padres y madres, al momento de ofrecerle un libro destinado a los menores.

    El requisito indispensable para la buena literatura infantil es la fantasía, el poder de acompañar a los niños en su ocupación por excelencia, que es el juego. La imaginación es parte integral del ser humano equilibrado… “nada puede el hombre sin la imaginación”, ha dicho Aristóteles.

El pedagogicismo en la literatura infantil  ha sido definido, con toda lógica, como una patología de la educación, y conduce ¿o se origina? a un manejo torpe de la pedagogía. Debemos suponer que quienes insisten en esto, ignoran que con ello echan a perder la posibilidad de sacar utilidades del libro para lograr los objetivos de la educación.

Gianni Rodari, autor de obras para niños y del excelente libro Gramática de la Fantasía, defiende hasta lo último el derecho del niño a disfrutar de los libros.  Veamos sus palabras:

“La literatura infantil, en sus inicios sierva de de la pedagogía y de la didáctica, se dirigía al niño escolar que es un niño artificial, de uniforme, mensurable, según criterios meramente escolares basados en el rendimiento, en la conducta, en la capacidad de adecuarse al modelo escolar … El niño que juega se defiende como puede de esa literatura edificante. Se encarama al  estante del adulto y le roba las obras maestras de la imaginación…”

Que la  literatura infantil  se estudie en maestrías, licenciaturas y diplomados, que sea parte de los estudios pedágogicos, nos ha de parecer bien a todos, a fin de cuentas los maestros resultan mediadores de primera importancia entre la literatura infantil  y su público, que son los niños y jóvenes. Ponderar, promover, recomendar, justificar el libro infantil siempre será válido.

El maestro hace muy bien con ayudar a que niños y jóvenes amen y disfruten la literatura, y eso se logra presentándola como un escape más que como una tarea. No sé dónde aprendí una magnífica sentencia de Jorge Luis Borges sobre este asunto: “No se puede hablar de lectura obligatoria, sería como hablar de felicidad obligatoria”.

El Nacional

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