Los pasados comicios han sido aleccionadores. Dignos de seria revisión, con fallas y distorsiones que ponen en duda la efectividad y utilidad de la democracia, socavada una vez más la credibilidad del sistema de partidos.
Su vulnerabilidad ha quedado demostrada, una vez más.
Esto es así, porque queda en evidencia que los partidos dependen más de las trampas, la manipulación y el chantaje que de sus propuestas y poder de convocatoria.
De cada 10 ciudadanos aptos para votar, apenas 6 acudieron a ejercer ese derecho el 16 de mayo.
En el Distrito Nacional. se registró una abstención de un 45 %.
De manera que los partidos políticos del país, el PLD y el PRD inclusive, deben ir anotando que a casi la mitad de los dominicanos, o no les importan sus ofertas electorales o, simplemente, no están dispuestos a perder el tiempo en lides partidistas.
Ganador, como tal, no hay ningún partido. Reduce a la mitad los votos obtenidos por cada uno y ni aun el PLD, con sacar 31 senadores, alcanzó el 30% de la voluntad expresada en las urnas.
El partido que no acepte estas debilidades, puede caer en la trampa de ver fortaleza donde no la hay.
Una cosa es cierta, no todos los votos computados a cada partido o candidato expresan la voluntad de los sufragantes.
Los votos que no reflejan la voluntad de quienes los depositaron, son parte de la cuota que se debe rebajar del favor electoral computado, sobre todo al oficialista.
Las malas artes son parte de la política. También es innegable que el poder ofrece mayores posibilidades para el fraude, es decir, para alternar los números a favor de los candidatos que manejan los fondos públicos, lo cual fue muy evidente en las elecciones que tuvieron lugar el domingo 16 de mayo.
Hay varias formas de violentar la voluntad popular. La llamada cadena es una de ellas. Consiste en entregar una boleta marcada al primero de una cadena de votantes contactados fuera de los colegios electorales, pagados desde luego.
Se le entrega una boleta sin firmar ni sellada para que la deposite y traiga la oficial, entregada en la mesa.
Obviamente, es sacrificado este voto, pero el segundo lleva la boleta sustraída por el primero, ya marcada, que es depositada, sucesivamente por los comprados.
Sólo que esta vez, el área de mercado es abierta.

