Una lección aprendida durante los últimos cinco años de crisis económica mundial: resulta imprudente la ejecución de una rígida política de austeridad fiscal y de brusca reducción del gasto público, en medio de expectativas de crecimiento negativo (recesión) y de frágil recuperación en las economías desarrolladas.
Por los predios de la Unión Europea se levantan voces contra la obsesiva política de austeridad fiscal que sólo ha contribuido a reducir el crecimiento económico, los puestos de trabajo y las ingresos tributarios, limitando el accionar de los gobiernos en materia de gasto social, lo que ha desatado graves conflictos socio-políticos.
El economista español José Carlos Díez, preocupado por la obsesiva política de reducción del gasto público que se ha estado implementado en la Unión Europea, así lo expresa: Estamos ante un enfermo grave, que además está recibiendo una medicación de austeridad y falta de flujo monetario, y no hay ningún protocolo médico que pueda obligarle a cambiar la medicación.
El déficit fiscal debe ser tratado con prudencia, conciencia y paciencia para evitar que una fuerte reducción en la demanda interna y en el ritmo de crecimiento de la economía interna y en la generación de empleos. De lo que un Gobierno debe cuidarse es de aplicar en estos tiempos de recesión económica mundial un ajuste fiscal clásico o tradicional al estilo del Fondo Monetario Internacional (FMI).
Paul Krugman, Premio Nobel de Economía, cuestiona en su libro titulado ¡Detengamos esta crisis ya! (2012) la posición de políticos y economistas norteamericanos que demandan más recortes en el gasto público, incluyendo el gasto social y el estímulo fiscal del Gobierno a los pequeños y medianos empresarios de Estados Unidos.
Krugman es categórico al advertir que las propias investigaciones del FMI en no menos de 173 casos evidencian que a las políticas de austeridad siguieron la contracción económica y el aumento del desempleo.
Es indudable que se requiere buscar fuentes de financiamiento para reducir o eliminar (si esto fuera posible) el déficit fiscal o presupuestal, pero más allá de un visión coyuntural o cortoplacista se necesario programar la gestión tributaria a mediano y largo plazo para poder honrar el pago de las obligaciones externas e internas y ejecutar los proyectos sociales y productivos indispensables para incrementar el crecimiento económico mediante el fomento de la inversión pública privada.
¿A cuál Gobierno no le gustaría lograr una efectiva consolidación fiscal tendente a fortalecer las finanzas públicas? Pero la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) sostiene que los gobiernos de la región, en estos tiempos de crisis económica mundial, deberían amarrarse el cinturón del gasto, pero con mucha prudencia, para evitar que sucumba el crecimiento económico y la generación de empleos.
Los partidarios del recorte irracional del gasto público sólo abogan por una rígida austeridad fiscal sin detallar las partidas presupuestales que deberían ser afectadas, a la vez que no aportan soluciones para financiar el déficit presupuestal y las necesarias inversiones públicas en las esferas social y productiva del país.
Por eso los hacedores de política fiscal en los países subdesarrollados actúen con prudencia en la reducción del gasto público para evitar el colapso económico, social y político.

