POR: Eduardo Álvarez
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Con los libros de Mario Vargas Llosa me aburro. Ni los más leídos y comentados me entusiasman. Debo confesar que no soy, lo que se dice, un lector terco, de esos que desafían y penetran en los temas y estilos más áridos que puedas encontrar. Admitir, más bien, que me dejo invadir por algunas predilecciones literarias restringidas, lo cual libera a este nuevo Premio Nobel de una pésima calificación. Supongo.
Lo que está fuera de toda duda es el irrespeto y la irreverencia que nos dispensara Vargas Llosa en la supuesta ficción de su compatriota Santiago Roncagliolo. Entre personas de verdad no hay tal ficción. Ellos y los que expresan son tan palpables como sus prejuicios. Cuenta Roncagliolo, en su novela Memorias de una Dama, que el autor de la Fiesta del Chivo opina que el nuestro es un país sin importancia, lo cual es un desplante desconsiderado frente al buen trato que, seguramente, le brindaron sus anfitriones. Guacanagarix vive en cada dominicano, no quepa la menor duda.
Este Roncagliolo, no hizo más que seguir los pasos de su mentor. Invitados ambos a generosas mesa criollas, nos sacaron la lengua, unidos en un coro desafinado. Decrépitos e insufribles, cuyos son autores de obras que prefiero tener fuera de mi alcance, a no ser que tenga la necesidad de combatir la falta de sueño. Estos bardos, no se hartan de burlarse de los dominicanos, confundiendo nuestra sencillez y hospitalidad con ignorancia y apocamiento.
Revela el bisoño Roncagliolo que su padrino literario, Vargas Llosa, le recomendó encarecidamente no hablar de la República Dominicana en el libro y convertir al personaje central, Diana Minetti, en cubana si quería que su libro se vendiera o conseguir un buen editor. Para rematar, lo persuade de que el nuestro es un país sin importancia. No es que uno sea chauvinista, pero que se vale serlo en situaciones y con personajes como estos.
