Los medios de comunicación son escenario de la política moderna, según estudiosos de campañas y mercado electoral. Como tal, son atractivos para políticos y estrategas de partidos en disputa. La prensa en sentido amplio ha sido arrastrada, o se ha dejado llevar, hacia una confrontación de posiciones alimentadas por manipulación y desinformación en guerra mediática que deja al público como náufrago en convulso mar que desdice del rol periodístico.
Conviene distinguir posiciones de medios, expresadas en editoriales y la línea ideológica de espacios de opinión, con la de periodistas (no todos en la prensa son tales) que por igual lo hacen en columnas y artículos, no en noticias.
El público desconoce, en su mayoría, la naturaleza de los medios como empresas duales, negocio y al mismo tiempo de servicio público.
Esa es la parte del compromiso ético, responsabilidad social empresarial de la prensa que, actualmente, está subrogada al negocio de la comunicación movido por intereses corporativos, particulares o coyunturales que tocan política, economía y otras áreas.
Las confrontaciones que se advierten, el uso y abuso de la libertad de expresión en la coyuntura proselitista evidencian la necesidad del imperio de la ley que delimita el ejercicio de derechos fundamentales que tienen como contención justamente el respeto al derecho ajeno, y también prueban la lucha de grupos de poder político por controlar medios.
Ni hablar de encuestas o estudios de preferencia electoral que están harto desacreditados, por su profusión, disparidad de criterios en similar universo, tiempo y lugar y, en general, por su paternidad no reconocida ni acreditada.
Las excepciones confirman la regla, mientras la explosión de redes sociales y medios digitales alimenta la fábrica de rumores.
El público tendrá que hacerse la pregunta clásica para el análisis mediático de quién dice qué, por cuál medio y con qué propósito, sin obviar la coyuntura en que se producen tantas denuncias y escándalos de vida efímera que nacen y mueren y son sucedidos por otros.
¡Qué pena! Tanta manipulación y desinformación.

