Todos los que acostumbran a leer esta columna saben que el autor no se caracteriza ni por sacarle el cuerpo a los temas más espinosos ni por nadar y guardar la ropa ni por usar eufemismos frente a los conceptos más ríspidos que se han de usar en cada momento ni por ocultarse detrás de pantallas para no asumir compromisos. La ética y la moral son prendas que requieren de responsabilidad militante. Los que quieren estar bien con todos, están mal con ellos mismos. Los que se apandillan o procuran ser graciosos frente a las mayorías equivocadas, son oportunistas de baja ralea.
El que oculta lo que piensa, o no dice lo que piensa, o tiene miedo de decir lo que piensa no es honrado, nos enseñó el inconmensurable José Martí.
Nunca he recibido del expresidente Leonel Fernández ningún favor personal ni apoyo en los momentos que le he necesitado. Aunque él ha tenido el poder para hacerlo y el suscrito los méritos probados con objetividad y reconocidos públicamente para merecerlo. A pesar de haber sido militante y dirigente medio del PLD, publicista y amigo personal de Leonel, quien presentó un libro mío y me reunía con él y Rafael Vargas, hoy senador por Espaillat, para trabajar políticamente. Todo en los tiempos en que Juan Bosch dirigía el PLD. Y creo que fui el primero que afirmó en un artículo que Leonel sería presidente de la República. Muchos compañeros me calificaron de exagerado. Aspiré a ser miembro de las altas cortes, como juez de carrera que soy, y tampoco conté con su apoyo resuelto.
Y aunque actualmente soy Juez de Corte, opino como ciudadano. Nada humano me es ajeno, como dijo Terencio, frase que asumió Orlando Martínez. Ninguna persecución penal llegará a mi tribunal. Me siento libre de opinar sobre la contienda mediática, política y jurídica que tiene a Leonel en el remolino del huracán de la crisis que todos padecemos.
Amplios segmentos sociales quieren la cabeza de Leonel. Ninguna acción judicial prosperaría en base al déficit fiscal. En Estados Unidos, Latinoamérica, Europa, Asia y África padecen ese mal. Y no es un ilícito penal. El fraude fiscal lo es; el déficit fiscal, no. Sus adversarios lo saben. Pero buscan aprovechar los efectos mediáticos y la confusión de muchos. Eso no es justo.
Leonel Fernández es un chivo expiatorio de la incapacidad, la frustración y la rabia acumulada de sectores conscientes y activos que no han sido capaces de articular una maquinaria política para gobernar conforme a sus ideales. Buscan hacerse la catarsis de sus culpas e inoperancia. El joven Simón Bolívar lo hizo con Miranda. Siempre se busca un culpable de los desastres que no evitamos.
Apoyo a Leonel Fernández en esta coyuntura, porque la injusticia no debe vestir el traje de justicia política oportunista. Eso hay que evitarlo.

