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RELIGION Y CULTURA

RELIGION Y CULTURA

Cuando el gran reformador alemán Martin Lutero  se rebeló en 1517  contra el papa y su política  de ventas de indulgencias, destinada a financiar la basílica San Pedro de Roma, no sospechó que había dado inicio a un  proceso histórico de transformación social y religioso, que haría perder a   la Iglesia Católica de Roma la mitad de Europa. 

En el centro de la fe luterana el hombre prescinde de los  denominados representantes de dios para vivir una fe directa.  Lutero clama  a pleno pulmón  fide sola! (solamente la fe salva), reivindica la libertad del cristiano fuera del agobiante redil de la iglesia, denuncia el desmesurado poder económico de la misma ( propietaria del 30% de las tierras)  en la  Alemania de la época.

Prontamente sus ideas teológicas encuentran eco y se expatrian hacia Suiza  y Francia. ¿Acaso la nueva fe no respondía a la  imperativa necesidad del hombre premoderno, del hombre del renacimiento, cada vez más propenso a vivir despojado de normativas  religiosas impuestas?

Es la época  de la imprenta, de los grandes artistas, Da Vinci, Miguel Ángel, Tiziano, Albrecht, del descubrimiento del nuevo mundo, del capitalismo mercantil.

El hombre reclama un espacio más idóneo y libre para sus quehaceres terrestres y ve con sordo recelo los pesados rituales religiosos y las pleitesías que había que rendirle a la Iglesia.

La rebeldía estalla, y en medio de controversias iracundas y protestas teológicas, el culto de las imágenes, considerado como supersticioso,  no escapa  al espíritu vindicativo de Lutero y  Calvino.

Las turbas evangélicas  se lanzan al asalto  de las iglesias, a quebrar estatuas de santos, pinturas apostólicas, bajo relieves bíblicos; el dogma naciente de la sola fe no admitía  intermediarios de carne y hueso y, mucho menos de piedra y óleo.

 Si Calvino en Francia teoriza la destrucción de las imágenes religiosas, Lutero ve en el vandalismo icónico un río turbio que arrastra consigo a peligrosos agitadores, que cuestionan no solamente el orden simbólico-visual, sino también  el orden social, la propiedad feudal, los diezmos, la servidumbre, la naciente burguesía.

En efecto pasados los años 1520, Thomas Muntzer  un radical insurgente evangélico, enardece  a los depauperados campesinos del sur y del oeste de Alemania, predicando el pronto advenimiento del reino de dios en la tierra. Comienza la guerra de los campesinos.

El saqueo de las iglesias se agudiza. Lutero reacciona con una virulencia verbal inaudita.

Sabe que  la estabilidad de Alemania y de la reforma protestante peligran, y que con las imágenes pueden partir las nuevas conquistas.

Se opone a la veneración  católica de las imágenes, pero no ve por qué esas pinturas,  que embellecen un mundo más bien grisáceo,  deben ser a toda costa reducidas a cenizas.

Durero el genial pintor del renacimiento alemán, se convierte al protestantismo, pero constata que el cincuenta por ciento de sus obras religiosas fueron pulverizadas.  Todavía se piensa que Lutero fue fanáticamente  hostil a las imágenes; nada más desacertado.

Lutero, sin lanzarse en una larga disquisición sobre la pintura, dice “la pintura religiosa puede poseer virtudes pedagógicas” a condición que sea un sostén de las escrituras santas y no remplazándolas, como había ocurrido.

Más aún, Lutero pensó que gracias a la belleza que irradia la pintura, se puede asentar la fe cristiana  en las consciencias. El reformador alemán no fue el tosco  y despótico rebelde   presentado en algunas tendenciosas obras de historia.                                                        

Los grandes pintores renacentistas alemanes, Aldorfer Albrecht, Holbein el joven, Durero y Lucas Cranach se convierten a la reforma luterana, desplazan hacia el olvido a vírgenes, ángeles y santos, y adoptan una visión cristocéntrica, es decir donde  figura Cristo como alfa y omega de la fe, sin muchos aditamentos visuales. 

La pintura, en un proceso lento pero inexorable será despojada  en Alemania de  representaciones  religiosas. Pero resulta erróneo  aseverar como lo hizo Miguel Unamuno en su libro  La agonía del cristianismo, que el mundo católico es pictórico y el protestante musical.

Los países de tradición católica,  están fundados en una omnipresencia de la imagen, pero en ellos nacieron grandes músicos como Vivaldi, Monteverdi y  Schubert, Mozart y  muchas etcéteras.

El Nacional

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