Dios, con su bondad inenarrable,
sembró en su mente ideas luminosas,
en su alma sutíl un don afable
y en su vida promesas fabulosas.
Erguido con la toga en el estrado
defendía el Derecho con viveza,
librando con su verbo al acusado
y la ley imponiendo con firmeza.
Por su antitrujillismo y nombradía,
el solio presidencial alcanzó un día
con brillo, con renombre y parabien.
Y hoy, ya cumplida su misión cimera,
Asela, junto al Salvador le espera,
para unir su antiguo amor, en el Edén.
Ramón Lorenzo Perelló

