Siempre que una estrella de la televisión es anunciada para una producción teatral, la duda sobre la consistencia de su arte hecho en tablas, sin los recursos técnicos y de mercadeo de la pantalla chica, salta a la vista invariablemente, temiendo timo, engaño, o ardid para producir dinero en taquilla.
Robinson Díaz llegó al Palacio de Bellas Artes, con su Sexzoo, precedido de esa estela de dudas producto del desconocimiento de la carrera de un artista de talentos sorprendentes para la actuación humorística, sesgada por la profunda ironía y los dulces aceites amargos del sarcasmo colombiano.
Díaz, y un Ángel Barrero simplemente extraordinario por su «tupé» como personaje secundario de esos que, con poca cosa, pueden robarle estelaridad a cualquier nombre de primera línea. Pero para el caso de esta pieza, lo que logran ambos es una conjunción armoniosa y sorprendente de actuaciones que redunda en el éxito del espectáculo. Díaz introduce la pieza con una rutina basada en su personaje E Cabo, en la cual hace apropiación de una de las más formidables fuerzas del colombiano: su capacidad para hacer humor de las más grandes miserias sociales para dar una perspectiva irónica explosiva y risible. Sus líneas denuncian con gracia aguda y sentida, a políticos corruptos (que son un patrimonio de la humanidad, no únicamente de Colombia en lo particular). Esta parte, producida para satisfacer a sus seguidores por la televisión, se resuelve como un bono adicional, permitiendo apreciar de que quien está en escenario, merece todo el respeto artístico posible.
A partir de un texto creativo y científicamente documentado (con una que otra exageración para fines escénicos), Díaz y Barrero, ofrecen una demostración soberbia de capacidad actoral en la vertiente de la comedia, cavilando en torno al sexo de los animales, en relación con la mutilada sexualidad humana.
El montaje resume chispa, creatividad, conocimiento a fondo del oficio por parte de Díaz y Barrero.
