Opinión

Vivencias cotidianas de allí y aqui

Vivencias cotidianas de allí y aqui

En  mayo de 1993, Olga Marfin-Demichóvskaia publicó “Ninfodora Ivánovna”, en la revista Moskvá. Aquella no era una fecha cualquiera, como tampoco lo era la mencionada revista rusa. Ésta ofrecía fascículos, de unas doscientas páginas, de novedades, debates, discusiones y análisis del gremio de la literatura y de la crítica. Formaba parte del grupo Oktiabr que, a finales del “deshielo” de Jruschov, había publicado, obviamente recortadas por la censura, “El maestro y Margarita” de Bulgákov, “Novi Mir” y “Un día en la vida de Iván Denísovich” de Solzhenitzin.

Fue aquella la época de los primeros relatos sobre el pavoroso pasado estalinista. Dudáiev había publicado “No sólo de pan” y, Nekrásov, “En mi ciudad”. La “inteligentsia” soviética, junto a la opinión pública, ajustaba cuentas de las secuelas de la embriaguez criminal de Stalin, cuya cúspide estaba siendo investigada desde las últimas décadas.

La novela, de Goncharov, a la que me he referido, se trata de un pequeño evento literario. De este escritor son conocidas “Una historia común”, “Oblómov” y “El acantilado”, además de la narración del viaje que realizó alrededor del mundo y varios artículos y ensayos de crítica literaria. “Ninfodora” fue la de su iniciación, cuando apareció en una revista manuscrita. Ésta fue consecuencia de las cultas y alegres tertulias que se celebraban en casa de los Máikov, una familia ilustrada de pintores, poetas y críticos. Del mismo modo que otras familias, ellos organizaban veladas en su casa de San Petersburgo, en la primera mitad del siglo XIX. La tradición persistió en el tiempo, perdurando en la época soviética y más allá de ésta. Muchos son los ejemplos para citar, hasta llegar a la habitación que ocupaba Anna Ajmátova, en un apartamento del ya entonces Leningrado. Convertido en alojamiento colectivo, aún en los años sesenta, se reunían allí, valerosos jóvenes de distintas procedencias, con el fin de escuchar, de la voz de su autor, los nuevos poemas de Josef Brodski.

El largo invierno ruso, helado y oscuro, favoreció la costumbre de reunir espíritus afines, desde los magníficos salones de la aristocracia, los apartamentos urbanos y las “dachas” de la burguesía, hasta las sofocantes cocinas de los albergues colectivos. Según la estación del año, se paseaba, se preparaban conservas, se tocaba música, se dibujaba pero, sobre todo, se hablaba, debatiendo sobre la existencia: la vida y la muerte, el amor, la política, la filosofía y el arte. Ese no fue, entonces, un pasatiempo inmune a los riesgos, tanto antes como después del 1917, ya que, la asistencia a las tertulias, condujo a prisión a más de un apasionado de la literatura. Muchos, como Goncharov, aportaron su contribución, con su “Ninfodora”, a las actividades de los Máikov. De sus ilustres predecesores destacan “Las almas muertas” de Gógol,  “Crimen y castigo” de Dostoievski, “Los hermanos Karamázov”.

El segundo “deshielo”, la “Perestroika” de Gorbachov, produjo un fenómeno de rescate de la identidad colectiva e individual y la búsqueda de sus orígenes.

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación