Pérdida de valores o descomposición moral son expresiones que podrían usarse al observar el escenario político nacional, donde a pocos Joaquín Balaguer, Juan Bosch y Peña Gómez les sirve de modelo (en lo intelectual) y en término ético a los dos últimos.
Hay excepciones naturales, pero al grueso de nuestros políticos no les motiva prepararse culturalmente, para exhibir cierto dominio de los temas nacionales y actualizarse sobre aspectos internacionales, que podrían repercutir, inclusive, sobre asuntos locales.
A todos los políticos que acuden a los programas televisivos les llaman licenciados. Algunos han hecho estudios universitarios (¡como no!) y hasta de cuarto nivel, pero la famosa maestría la obtiene todo el que la cursa y la paga (nadie se quema), por lo que la misma, necesariamente, no garantiza buena formación.
Pero es lo menos. Lo fundamental es el carácter moral, la preocupación por los problemas de la sociedad y la voluntad de solución a los mismos. Don Antonio Guzmán, por ejemplo, fue un presidente de limitada cultura, pero hizo uno de los mejores gobiernos que registre la historia republicana.
Actualmente lo más preocupante de todo es la carencia de parámetros éticos en el accionar político, donde sólo se busca estar o llegar al poder y afán de lucro, generalizándose el peculado en las instituciones del Estado y el estímulo a la impunidad, inclusive desde entidades que debían de abogar por otras cosas.
Parecen gritar en el desierto personas como el senador Wilton Guerrero y el abogado Enmanuel Esquea Guerrero (entre otros) que han mostrado voluntad de combate al narcotráfico, a la corrupción administrativa y luchan por el adecentamiento de las instituciones y de la sociedad en sentido general.
Pero no es así, la población irá tomando conciencia, lo que provocará cambios en los dos partidos mayoritarios, porque contrariamente, lo he reiterado en otras entregas, estarían destinados a desaparecer y la gente, en la búsqueda de decencia, apelaría a otras alternativas políticas emergentes.
Es un error pensar que el apego del electorado a siglas determinadas no tiene fin y creen que pueden seguir levantando discursos sin propuestas, abandonando doctrinas y principios, renegando a los grandes líderes, estimulando el clientelismo y cayendo en la vulgaridad.
Estamos repitiendo experiencias políticas de otros países del continente, donde la población finalmente se cansó y terminó sancionando a los políticos que se pasaron de contento respecto a los privilegios que permiten sistemas donde las instituciones son débiles y el peculado está a la orden del día.
Ahora le llaman logística al dinero que otorgan los candidatos que practican clientelismo y los procesos eleccionarios se convierten en competencias de dinero, sin importar la procedencia, donde quedan excluidos para optar por posiciones electivas todos aquellos que carecen de recursos económicos, que en definitiva representan el grueso de la población dominicana.
Si Juan Bosch y Peña Gómez enarbolaron principios y condenaron la vulgaridad política, bien harían muchos dirigentes del PLD y el PRD, reales renegados, en no usar sus nombres y resaltar preferiblemente a Joaquín Balaguer, maestro de los métodos más perversos.

