Llegué, vi, vencí, dijo dijo Julio Cesar luego de la de batalla de Zela. Lo mismo dijo Martha Heredia regresando de Argentina, trofeo en mano y triunfo al hombro
Han pasado unos días desde esa victoria, pero no tanto como para que la olvidemos. El trofeo de Martha, el pueblo se lo arrebató en un arranque de euforia, de catarsis colectiva Fue un triunfo del que se adueñaron jóvenes y viejos, gobierno y oposición, ricos y pobres, blancos, negros y mulatos, en fin, el pueblo se apoderó del triunfo, del trofeo y de Martha
El país lo necesitaba, lo requería, ansiaba un triunfo y un triunfador, porque está huérfano de triunfadores, líderes, íconos.
Porque la juventud no tenía (¿no tiene?) un referente válido, y se aferró a ella, se aferró a su voz, su talento, su esfuerzo, su carisma, a ese ser ella misma.
Porque su voz cautivó y su triunfo llegó al corazón de todos. Así fue con Félix Sánchez, Amelia Vega y su gracia, Sa,my y sus jonrones, Pedro y sus curvas, Gabriel Mercedes y sus patadas, Félix Díaz y sus puños . y hace tiempo, mucho tiempo, Manolo y su fusil.
Y es que este vacío existencial colectivo no encontramos cómo llenarlo y lo rellenamos como se rellena el hoyo de la sepultura. Por eso, cuando se enciende una luz nos aferramos a ella con vehemencia.
Porque entre vulgaridades en radio y tv, entre regetones inmorales, sangre joven en las calles, narcos que dominan el país, corrupción generalizada y Justicia corrompida, es justo imaginarnos un pequeño oasis, aunque sea pasajero, una ilusión momentánea es la sed de algo bueno, de algo limpio que nos refresque el espíritu.
Y ella, nuestra Julio César, tiene un gran compromiso, que es todavía más grande cuando se tiene 18 añitos, cuando la vida aún es virgen y pura, cuando la maldad aún no anida y los sueños e ilusiones son nuestro único y ligero equipaje . tiene un compromiso con ella, con la juventud y un pueblo que la asumió como patrimonio, como armadura, como esperanza
El fardo es pesado Ojalá encuentre quién la ayude a cargarlo
