JOHANNESBURGO. (AFP) El líder de la lucha contra el apartheid Nelson Mandela unió a Sudáfrica en la vida y en la muerte, pero su legado de tolerancia contrasta con duras realidades de la vida de su país en el día de hoy.
A lo largo y ancho del país, los sudafricanos acudieron este domingo a las iglesias, mezquitas, templos y sinagogas para recordar al líder fallecido, en el inicio de una semana de ceremonias oficiales en su honor.
Muchos sudafricanos acudieron a recordarle a lugares simbólicos, como su casa de Johannesburgo, su antigua residencia en Soweto, o el ayuntamiento de Ciudad del Cabo. Sin embargo, alrededor de dos décadas después del fin del apartheid, los sudafricanos consideran que aún no han podido disfrutar plenamente de todos los aspectos de la libertad.
Así, las desigualdades de ingresos entre blancos y negros son importantes y, en ciertos casos, más marcadas que cuando se terminó la segregación. Uno de cada tres trabajadores no tiene empleo o dejó de buscar trabajo.
Huelgas y protestas por temas laborales tienen lugar casi a diario y las agresiones a inmigrantes de otros países africanos también son comunes. Además, los sudafricanos critican los delitos y la corrupción a nivel gubernamental. «Después de que pasó 27 años en la cárcel, pensábamos que a esta altura el país iba a haber llegado a algún lado, pero seguimos donde estábamos», dijo, visiblemente enfadado, Lele Phillip Modikoane, de 65 años, cuyo padre fue compañero de cárcel en Robben Island.
El deseo de Mandela era «tener una nación arcoíris y (…) que todos vivieran pacíficamente y de modo asequible», agregó. En cambio, «vivimos todos en medio de una gran confusión», afirmó, delante de la antigua casa de Mandela en Soweto.
La democracia sudafricana sufrió un duro golpe hace 17 meses, cuando una acción policial contra trabajadores de una mina en huelga dejó 34 muertos, en lo que se considera como la peor matanza desde el fin del apartheid en 1994. Tras la desaparición de Mandela, el país tendrá que enfrentar estos desafíos sin contar con un líder en el que confíen plenamente los sudafricanos. Sus sucesores, Tabo Mbeki y Jacob Zuma, han intentado encauzar la imagen de Mandela.
«Debemos rezar para no olvidar algunos de los valores que Madiba defendía, por los que luchó, por los que sacrificó su vida», dijo Zuma este domingo. «Cuando nuestra lucha (contra el apartheid) terminó, él predicó y practicó la reconciliación para que quienes se habían enfrentado se perdonaran entre ellos y se convirtieran en una nación», recordó Zuma. No obstante, Zuma no tiene la envergadura de Mandela y Mbeki tampoco. El ejecutivo de marketing Jameel Vally también quiere que el gobierno defienda «el legado y la lucha» de Mandela, pero no es muy optimista al respecto.
«Los sobornos y la corrupción son muy comunes», dijo, tras concurrir a la antigua casa de Mandela en Soweto. «La nueva generación está creciendo en un entorno de corrupción y el contexto juega un papel para moldear a un individuo», agregó.

