SÍNDROME DEL ARRASTRE
No solo las hermanas Mirabal han hecho grandes aportes a la democracia dominicana sino hay otras heroínas que no deben quedar en el olvido
UBI RIVAS
El país transita por un síndrome de arrastre, globalización, monopolio y secuestro sutil de todo el escenario político, por el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), que transmuta la prosapia de las heroínas, unas, como las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, exaltadas en forma permanente y contínua, mientras otras son diestra y calculadamente silenciadas y/o marginadas de la connatural principalía a que son acreedoras.
Podría interpretarse ese manejo calculado del ostracismo al silencio de heroínas como Baltasara de los Reyes, Concepción Bona, María Trinidad Sánchez, Manuela Díez, María Catalina Encarnación, Ana Josefa Pérez de la Paz (Chepita), Rosa Duarte Díez, Filomena Gómez de Cova, Ana Valverde y Altagracia Almánzar de Martínez, como el propósito de un esquema conducente a polarizar el heroísmo femenino.
Esto dentro del paquete del que el PLD pretende catequizar, monopolizar y jerarquizar la preponderancia del heroísmo como si fuese parte de su padrón electoral, parecido a otros paquetes de su cosecha.
Resulta que a más de uno, al autor de esta entrega a El Nacional, nos produce escozor la no disimulada y pretensión del PLD en su diseño para catequizar la conciencia nacional y concretizar su nunca oculto propósito de retener el poder hasta cumplir el bicentenario del nacimiento de RD en 2044, olvidando dos sentencias cibaeñas que alegan que hasta la hora del entierro nadie sabe quien es el muerto y que el instinto del burro difiere de quien lo apareja.
Es imposible disentir con el valor inconmensurable del sacrificio por la mejor causa nacional que ofrendaron con sus vidas las hermanas María Teresa, Patria y Minerva Mirabal, asesinadas brutal y cobardemente por orden del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo el 25 de noviembre de 1960.
Empero, existen otras protagonistas del escenario heroico femenino que merecen tanta principalía y disponen de tanto caudal de vigencia eterna como las bien merecidas llamadas Mariposas de Ojo de Agua, que hasta el nombre de su provincia, Hermanas Mirabal, fue sustituido por el del general Francisco Antonio Salcedo (Tito), héroe de la batalla de Beller del 27 de octubre de 1845, en las inmediaciones de Dajabón.
Las papeletas de RD$200 ostentan las veneradas efigies de las Hermanas Mirabal y ninguna otra de las heroínas citadas.
En esa secuencia, entonces se haría justicia sustituyendo el nombre de la provincia El Seybo, por el de Manuela Díez, de donde era oriunda la progenitora de Juan Pablo Duarte, el único Padre de la Patria dominicana.
San Juan de la Maguana por el de María Catalina Encarnación, que procreó 14 hijos de los cuales nueve perecieron peleando en la gesta de la Restauración y contra la tiranía de los Seis Años del presidente Buenaventura Báez Méndez, configurando el vientre más prolífico y multiplicador de la causa nacional de mujer dominicana .
En ese cosmos de ponderación, equidad y justicia, exaltar los méritos excelsos de Baltasara de los Reyes, presente la noche inmortal del 27 de febrero 1844 en el Baluarte del Conde de Peñalba que inicia la jornada por fundar RD, y progenitora de Juan Alejandro Acosta, fundador de nuestra arma del mar, Marina de Guerra, hoy Armada Nacional.
María Trinidad Sánchez, tía del prócer Francisco Sánchez del Rosario, fusilada por el orcopolita de El Prado, general Pedro Santana, en uno de sus gestos pedestres que le acompañaron como una sombra fatal y nefasta siempre, honrada, la única, con el nombre de una provincia.
Ana Josefa Pérez de la Paz (Chepita), en cuyo hogar de la calle Monseñor Nouel de la capital, el Patricio Supremo de la nacionalidad dominicana, Juan Pablo Duarte Díez, fundó La Trinitaria, y madre de Juan Isidro Pérez, trinitario, muerto de inanición por carecer de alimentos, que lo condujo a la locura.
Ana Valverde, que con gran esfuerzo por su condición femenina, colaboró en reconstruir las murallas de la ciudad colonial echada al suelo a cañonazos durante la gesta independentista.
Altagracia Almánzar de Martínez, asesinada vilmente en estado de gestación junto a su esposo doctor José Virgilio Martínez Reyna, en San José de las Matas, próximo a Santiago de los Caballeros, el 1 de junio de 1930, la primera víctima femenina y el primer infanticidio de la Era de Trujillo.
Concepción Bona, que confeccionó y bordó la primera enseña nacional que ondeó en el Baluarte del Conde el 27 de febrero de 1844, junto a Filomena Gómez de Cova y María de Jesús Pina, experimentó la inmensa sensación de ver flotar por primera vez la enseña nacional en su escenario bautismal.
Filomena Gómez de Cova y María Trinidad Sánchez dieron cobijo al Patricio Supremo cuando las autoridades haitianas lo buscaban para ningún propósito non sanctun.
Rosa Duarte Díez, hermana del Patricio Excelso, que confeccionó un diario de su ilustre hermano mediante el cual hoy podemos conocer mejor la vida y vicisitudes del Padre de la Patria.
Certísimo que las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal merecen el reconocimiento sacralizado de la sociedad dominicana en gesto sin vacaciones de gratitud por su entrega sin reservas a la causa de la libertad de todos, pero las citadas también.
Fueron Jacques Vergés, que sentó cátedras en relación al pensamiento único, y Thomas Hobbes, referencia de abusos incalificables que infligieron contra él la Iglesia Anglicana inglesa y Oxford University, por sus tesis filosóficas disidentes del stablishment rígido que impuso Isabel I, la llamada Reina Virgen, en cuyo honor sir Walter Raleigh designó con esa categoría sexual el Estado norteamericano de Virginia, quienes sirvieron de soporte a este trabajo que disiente del arrastre y el monopolio del heroísmo femenino con el que pretende catecatizarnos el PLD.

