Opinión

36 años después

36 años después

Un día como hoy le surgió una ilusión al pueblo dominicano. Imposible suponer en aquel momento que, al cabo de los años, esa expectativa se iba a convertir en una lastimosa frustración, en una más de las decepciones que, procedentes de su dirigencia mayor, ha debido padecer una nación merecedora de un destino diferente.

 Hace 36 años se fundaba el PLD bajo las consignas más seductoras que puedan imaginarse. Un puñado de arrojados abandonaba la cobija amplia de una organización tan emblemática como el PRD, denunciándola como irreversiblemente agotada y se auto asignaban la intrépida tarea de completar la inclonclusa obra de los padres forjadores de la nacionalidad.

 Ofrecían garantías de que su accionar estaría sustentado en una ruptura radical con los mecanismos tradicionales de ejercer la política, y que su potencial acceso a los estamentos de poder marcarían la ruta de lo que sería la transformación profunda de un sistema inepto para revertir un estado de cosas propiciador de inequidades.

 A esa retórica cautivante, a la cual, siguieron demostraciones inequívocas de que los hechos irían en serio, se adicionaba el prestigio fuera de dudas de una personalidad de la dimensión de Juan Bosch. Los frutos no se hicieron esperar. Tras un corto período para superar la incredulidad, el apoyo empezó a fluir de forma sistemática, logrando la proeza de hacer añicos un cansón sistema bipartidista, que pendulaba entre polos sin diferencias sustanciales.

 Así, el PLD se erigió como un gigantesco espejo futurista, donde podíamos visualizar la sociedad anhelada y en el cual, constatábamos las miserias generadas por una democracia de papel, que sólo posa su manto sobre los hombros menos necesitados, abandonando a su suerte los urgidos de su calor.

 Todo empezó a derrumbarse al mismo tiempo que se agotaban las pródigas neuronas del líder histórico. La intransigencia ética del Maestro no encontró sucesores y fue suplantada por una flexibilidad extrema que sólo atendía razones que condujeran al Palacio Nacional.

Como se trataba del poder por el poder, sin más pretensiones que la complacencia hedonista, cuando lo tuvieron en sus manos sólo sirvió para utilizar sus resortes en una hilera de inconductas y trapisondas que han convertido, como por arte de magia, a comunes y corrientes ciudadanos, en detentadores de fabulosos patrimonios.

De esa forma murió la ilusión. Satisfechas apetencias personales y postergadas demandas colectivas. El país, 36 años después, no tiene motivos para celebrar. Su espera debe continuar.

El Nacional

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