Cualquier dominicano de conciencia puede preguntarse por lo que hubiera pasado en el país si desde el 11 de setiembre de 1966 no aparece El Nacional.
Dos meses y quince días antes había tomado el poder Joaquín Balaguer como parte del plan de acabar con la posibilidad de que se repitiera un 24 de Abril como el del año anterior.
Ese plan fue diseñado por Estados Unidos y aplicado aquí por el político y por los militares regulares que reagrupó desde un poco antes de llegar al poder.
Debe recordarse, para los fines, que los ejércitos en América Latina son parte de la invasión militar norteamericana y que el dominicano no era, como no es, una excepción.
Balaguer entró a sangre y fuego y a los liberales e izquierdistas no les pareció entonces ni les parece ahora que los diarios existentes a la juramentación del Presidente reunieran la conciencia y la valentía para defender los derechos humanos de la mayoría y no sólo de una élite. Esos diarios eran publicaciones tradicionales.
La aparición de El Nacional permitió que esos diarios hicieran algo de causa común con la defensa de los derechos humanos y de las vidas de los izquierdistas y constitucionalistas que empezaron a ser asesinados por racimos.
(Balaguer no había cumplido el año de mandato cuando efectivos militares de los suyos atentaron contra la vida del general Antonio Imbert Barrera, sobreviviente del ajusticiamiento del tirano Trujillo).
La lucha contra los asesinatos, persecuciones, encarcelamientos y deportaciones del régimen neotrujillista permitió que el vespertino se consolidara en ese rol y que El Caribe y Listín Diario lo tomaran como ejemplo para participar de alguna discreta manera en esa lucha.
Esos primeros doce años de publicación de El Nacional salvaron y garantizaron muchas vidas de constitucionalistas e izquierdistas y de periodistas que, como Gregorio García Castro y Orlando Martínez, fueron cogidos entre las patas de la corrupción balaguerista.
Estos dos no pudieron conservar la vida pero otros muchos sí.
La gente con algo más de cincuenta años de edad puede hacer un pequeño ejercicio y, como homenaje a El Nacional, tratar de responder a la pregunta de qué hubiera pasado en el país, con Balaguer en el poder desde julio de 1966, si dos meses y quince días después no aparece el vespertino.
Un hito de 45 años
En el orden profesional, los directivos de El Nacional se planteaban en 1966 hacer un periodismo que trascendiera al dijo y agregó y a la complacencia del tradicional.
Se trataba de no reproducir como hechos en sí las declaraciones de funcionarios y otras personas, las notas de prensa y la información de acontecimientos noticiosos.
Detrás de esas declaraciones, notas e información había una realidad socioeconómica y política que, si bien no podía presentarse en todos sus detalles, tenía que servir de marco a la redacción.
El ejemplo que más usaban los directivos, para convencerse ellos mismos y para convencer a la redacción, era el de un homicidio del que informaba el parte diario de la Policía.
Fulano o fulana mató a fulano o a fulana en tal lugar y a tal hora, en tragos y por celos o por razones desconocidas.
La prensa tradicional vaciaba esa información en una crónica y así se presentaba al lector. Una información tuerta y/o ciega, coja y/o paralítica de manos y pies y sorda o muda o sordomuda.
A esa noticia le faltaban datos importantes que podían llevar a explicar el asesinato.
¿Dónde vivían los fulanos? ¿Quiénes eran? ¿Qué hacían? ¿De dónde procedían? ¿Cuáles eran sus antecedentes? ¿Qué tipo de relación tenían?
Y así hasta completar el cuadro crítico humano y socioeconómico, sociológico, sicológico y moral.
Aparte de las crónicas para denunciar las persecuciones, apresamientos y encarcelamientos, asesinatos y deportaciones del régimen de Joaquín Balaguer que había comenzado dos meses antes y que se prolongaría en compartimientos por doce y diez años, El Nacional cumplía también con aquella misión que lo convertía en prolegómeno del periodismo de investigación.
Ni qué decir que las crónicas acerca de persecuciones, apresamientos, encarcelamientos, asesinatos y deportaciones permitían poner en práctica el nuevo marco teórico establecido para el trabajo de buscar y redactar la noticia.
(Y aunque en el periodismo de entonces no estaban tan en boga las faltas ortográficas, en el vespertino se hacía énfasis en que los reporteros y redactores, aparte de utilizar lo aprendido en al aula universitaria, racionalizaran el uso del idioma y lo sometieran al sentido común).
Las colecciones de El Nacional, desde el 11 de setiembre de 1966, están en la Biblioteca Nacional, en el Archivo General de la Nación y en bibliotecas de universidades y de otras instituciones nacionales y municipales y allí pueden ser consultadas.
Los fundadores
El 11 de setiembre de 1966, Freddy Gatón Arce era el director, Radhamés Gómez Pepín, Francisco Álvarez Castellanos y Juan José Ayuso los miembros del Consejo de Redacción y Rafael Molina Morillo el propietario.
Ese era el alto mando en las materias periodística y administrativa.
Los redactores, de Guillermo Perallón abajo, un grupo de recién egresados de la carrera de Comunicación en la Universidad Autónoma, varias mujeres entre ellos.
Algunos de los fotógrafos eran jóvenes y otros veteranos, lo mismo que el personal de fotomecánica.
José Ramón Grau era el jefe de talleres.
Esta gente, y otros cuyos nombres escapan al reducido espacio de este resumen, fueron los fundadores de El Nacional y quienes como predicaban otros, sin favor ni temor, se fajaron de campana a campana para establecer al vespertino y convertirlo en parte de la vida de los dominicanos.
De la vida de los conservadores de derecha -Joaquín Balaguer y sus militares y capitalistas de la clase dominante- hasta los liberales, demócratas y comunistas Juan Bosch, los constitucionalistas y los partidos de izquierda.
Tan pronto Balaguer calibró la magnitud de El Nacional no tuvo recato en calificarlo de rabiosamente opuesto a su gobierno.
Al asesinato en Ocoa del dirigente izquierdista y activista agrario Orlando Mazara, el vespertino respondió con un editorial de antología, de muy pocas palabras que terminaba con esta declaración de guerra: Alto, teneos, miserables.
En verdad, el periodismo crítico y analítico del nuevo periódico no se parecía en nada al que se hacía en esos días, después del cierre de los dos que llenaron la necesidad de lectura y combate durante los meses de la revolución y guerra patria de Abril de 1965, La Nación y Patria.
(Esos dos diarios no tenían entre sus planes, aún de la manera más remota, la producción de beneficios. El primero era el diario oficial del gobierno constitucionalista del coronel Francisco Alberto Caamaño y el segundo era un esfuerzo de los periodistas Ramón Alberto Ferreras y Alberto Malagón, y del ingeniero Alfredo Manzano, de izquierda militante los tres).
A El Nacional le tomaría mucho más tiempo convertirse en una empresa generadora de utilidades. Lo limitaron al máximo los primeros doce años de Balaguer y, en igual medida, los otros diez de 1986 a 1996.
De 1966 a 1978, que fue el período más peligroso y difícil de su proceso, el vespertino completó su obra de aportar al periodismo dominicano una versión crítica y analítica de la noticia y del comentario.
