Opinión

A Franklin Almeyda

A Franklin Almeyda

Desde mi niñez he practicado la humildad,  y así bajaré un día a confundirme con la generosa tierra que me vio nacer.

Jamás niego, sin embargo, que en ocasiones soy exigente y rígido, sin modelos de perfeccionismo absoluto, sino diafanidad, y he sido incomprendido en ocasiones, tímido, afable, sincero, comprensible y humano,  meditando el accionar.

Con sencillez, he leído y escuchado las declaraciones  del doctor Franklin Almeyda, secretario de Interior y Policía, en su rueda de prensa del lunes 2, en un acto de desagravio aclaratorio tal le habíamos solicitado en relación a sus anteriores versiones, donde incluía, entre otros distinguidos ciudadanos. a quien esto escribe, con supuestas licencias vencidas para el porte de arma de fuego. ¡Increíble  y lamentable error!

Vestido con la bandera de la humildad, acepto el testimonio del amigo doctor Franklin Almeyda Rancier, porque como he dicho, equivocarse es de humano, y así escribió el Sabio Confucio:”Un hombre que comete un error y no lo corrige está cometiendo otro error”.

Con reiterada modestia me complace esa reparación moral, jamás material, y al lanzar un ramo de olivos al amigo  Almeyda lo hago con las frases atribuidas al intelectual dominicano licenciado Arturo Logroño, y también dada cierta similitud con una de Jacinto Benavente o Fray Luis de León que dice: “Soy como el sándalo que perfuma el hacha que lo hiere”.

Inspirado en  Sócrates, “Habla para que te vea”, he transitado mi existencia sin rencores, ni arrogancias banales. 

Como vivo y duermo en paz, aferrado a Dios sobre todas las cosas, reitero la aceptación a las expresiones del doctor Almeyda, sin rencores.

Así espero que a quien tanto supe querer y siempre creí mi amigo, emule el gesto del Dr. Franklin Almeyda, porque no se odiar, y amar, porque el amor es fecundo, y el odiar es un gasto improductivo,  según Víctor Hugo.

Ni siquiera guardo inquina contra aquella compañera de estudios nacida en el Este, cuando en el cuarto año de   Derecho me voceó: Llegó el único, llego el único, refiriéndose al único traje que tenía  para asistir a la Universidad  4 y 5  días a la semana.

 Y  así se lo expresé cuando siendo  fiscal de  San Cristóbal, acudiendo al despacho a conversar con un recluso que defendía,  ella me pidió que la ayudara, y me dijo que si necesitaba “cuartos” para asistir a una fiesta al hotel Embajador, respondiéndole que yo creía que no debía recibir dinero y su fiesta no me interesaba, ordenando la libertad de su defendido y al preguntarme por mi nombre no pude escucharla, solicitándole que repitiera su inquietud y le respondí que yo no era exclusivamente el doctor Domingo Porfirio Rojas Nina, sino el único, el único…

La doctora M. A. inclinó su bello y fulgurante rostro, pidiéndome  excusas, tendiéndole mis manos previo permiso, aceptando sus lamentaciones.  Ojalá que en nuestra atormentada República Dominicana ningún ciudadano o ciudadana sufra las consecuencias de una ofensa pública y las heridas puedan cicatrizar.

El Nacional

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