Nos cuentan que en la época de Trujillo estaba en esplendor de su juventud una señorita que llevaba por nombre Lidia. Era, como describió Juan Bosch a Zoila Luna cuando era la estrella de Show del Mediodia, una especie de “flor que habla”.
Lidia tenía de novio a un joven que respondía el nombre de Isidro, enamorado como en ese tiempo, al pecho, de corazón entregado. Para Isidro el mundo no existía, solo Lidia justificaba su existencia.
Tempranamente, Lidia se especializó en el peinado, y tenía entre sus clientes a Angelita Trujillo, lo que la situaba en un lugar especial, el círculo más cercano del Poder durante la dictadura.
Pero Lidia e Isidro no estaban solo en la intimidad. Había una tercera persona, una hermana de Lidia, que padecía de una de las peores enfermedades del ser humano, la envidia. No se explicaba por qué Dios había sido tan generoso con su hermana, quien además de frecuentar el centro palaciego, también tenía un novio, que ella igualmente deseaba.
Aprovechándose de la ausencia de Lidia en la casa, la hermana convocó a la misma a Isidro, quien al abrir la puerta la encontró como Dios la había enviado al mundo. La reacción de Isidro fue “Tu estás loca, yo amo a tu hermana”, y por donde entró, salió.
Cuando Lidia retornó a la casa, su hermana tenía una historia diferente del hecho que ella misma había protagonizado. Le dijo que se había librado de un intento de violación de parte de Isidro.
Lidia sacó a Isidro de su vida, pero para que él no la siga “molestando” reiterándole su amor, solicitó el auxilio de Angelita Trujillo, quien envió una patrulla a la casa del confundido novio para darle un escarmiento, llevándolo en un acantilado del Malecón, y advirtiéndole que allí tendría su final si continuaba “acosando” a Lidia.
Sus padres, presos del miedo, enviaron a Isidro hacia Estados Unidos, donde se convirtió en un próspero empresario y tuvo hijos, pero su vida fue infeliz porque nunca pudo sacarse a Lidia de la cabeza.
Pasados los años y entradas las canas, regresó al país y supo que Lidia tenía un salón en Zona Colonial. Allá se dirigió. Subió unos escalones y preguntó por Lidia, quien estaba en una habitación contigua.
Cuando le dijeron a Lidia quién la buscaba, aterrorizada se negó, pero Isidro irrumpió y entró al cuarto a verla. La flor que hablaba no era sombra de la imagen que se le había quedado en la mente
Descendió por la escalera “raudo y veloz” a montarse en el Mercedes Benz en que había llegado, mientras miraba hacia atrás a ver si Lidia lo perseguía, aunque conforme de haber despertado tan tarde a la vida por culpa de aquella cuñada que no comprendió que “A lo serio no se juega”.

