Ya preparado para golpear el teclado de mí pequeña máquina para poder armonizar miles de combinaciones de letras que se convertirán en líneas y párrafos de un artículo que ha de salir de mi entendimiento como parto de cesárea, se ha estremecido mi corazón al conocer de la muerte de Adrián Javier, gran amigo, ser humano excepcional que poseía el don celestial de perfumar la estrofa y convertir en nardos y dardos la palabra escrita.
Debatía si reflexionar en esta columna sobre el Día del Periodista y referirme al insulto proferido contra los medios de comunicación por cuatro entidades o si tratar el mamotreto de expediente penal incoado contra el ex presidente Leonel Fernández por bufones que anhelan sus 15 minutos de gloria, pero he caído en una profunda tristeza por tan desgarradora noticia.
De Adrián Javier puede decirse que fue un excelso poeta, escritor, ensayista, periodista, publicista, crítico de arte y literatura, columnista, guionista y muchas cosas más, pero yo digo que sobre todo fue un extraordinario ser humano, un ángel negro.
Lo traté de cerca en la redacción de El Nacional, donde se desempeñó como corrector de estilo y columnista y siempre fue un deleite, una experiencia aleccionadora poder hablar con él sobre cualquier tema, porque Adrián era un hombre universal, a quien nada humano le fue ajeno.
Me gustaría decir hoy que el Colegio Médico, la UASD, la Academia de Ciencias y una entidad vinculada con el medio ambiente se refirieron de manera afrentosa e infamante al afirmar que la prensa ha desviado su misión de informar por el interés de producir o acumular dinero, pero confieso que estoy muy afligido y no tengo deseos de pelear.
Adrián, quien murió a causa de un fulminante infarto cardiaco, era no solo un artista y literato excepcional, sino sobre todo, un hombre bueno, humanista, sensible, patriota, a quien sufría por el drama de sus compatriotas, sin importar si residía en Europa o departía con sus colegas en la calle El Conde.
Recuerdo que una vez difundió por Facebook la imagen de un desgraciado que goleaba salvajemente a un niño y pidió a los cibernautas que ayudaran a identificar al malvado sobre quien él mismo haría justicia. Ese buen amigo usó siempre las redes sociales para educar, construir, ganar amigos y denunciar injusticias.
Otro día podría referirme a la burda persecución jurídica y política de que es objeto el presidente Fernández o al irrespeto en que se ha incurrido contra prensa y periodistas, pero hoy difícil es contener las lágrimas por la terrible noticia de que ha muerto un hombre bueno, un dominicano ejemplar un buen amigo, por cuya partida, el cielo llora.

