La filología y la novelística tienen más lugares de encuentros que de fricción, pues ambas hurgan en los textos escritos y en la cultura de los pueblos, aunque una disciplina se basa en realidades y la otra tiene a la ficción como su herramienta. Es por eso que los mortales que son al mismo tiempo filólogos y novelistas a veces confunden lo real con lo ficticio, un camino que puede conducir a la locura.
Lo peor que le puede suceder a un filólogo y novelista es centrar fijación enfermiza en un personaje de carne y hueso o imaginario.
Es el caso de un personaje del altísimos meritos académicos y literarios que al parecer padece de un acendrado síndrome de fijación y odio hacia la persona del presidente Leonel Fernández, contra quien dirige las más afrentosas disquisiciones, igual que muchos novelistas que terminan por odiar al personaje más relevante de su historia, porque creen que ha superado a su creador.
Los artículos que ese filólogo y novelista escribe en la prensa denostando la persona y la figura del presidente Fernández son dignos de estudio por parte de otros lingüistas o quizás también de algún investigador de la conducta humana.
Sin aceptar jamás que el doctor Fernández ha sido electo tres veces Presidente y que durante sus gobiernos se ha fortalecido el espacio democrático y la economía ha crecido en promedio más de un siete por ciento del PIB, nuestro personaje insiste en emborracharse de acíbar e intentar comparar a Leonel y a su gestión con lo peor que le ha podido ocurrir a la República.
Llega al extremo de usar contra el Presidente expresiones vulgares e impropias de un académico de su altísimo nivel, embriagado con licor de frustración política, aunque su experiencia en el Estado se limitó a auscultar anaqueles de una vieja biblioteca hoy modernizada por el mandatario que él quiso encerrar en el cuerpo de uno de los personajes de Paquito Escribano.
Aquí no hay presos ni perseguidos de conciencia; se disfruta de la mayor libertad de prensa, de expresión, y del derecho a ser bien informado, por lo que no veo razón para que alguien almacene tanto odio en su vesícula contra un líder político que, independiente a la voluntad de su perseguidor, se erige hoy como uno de los lideres de gran influencia política en el continente.
Posiblemente por el choque frontal del filólogo y el novelista, se produce en la mente de ese intelectual la metamorfosis mental que lo convierte en un verdugo de la dignidad ajena que en su afán por acribillar moralmente al presidente Fernández llega al extremo de tirar todo su talento artístico y académico al vertedero de Duquesa.

