Por alguna razón, me asalta la nostalgia, y por mi deficiente memoria desfilan sucesos, anécdotas y nombres de amigos y personajes congelados en el pretérito que hoy vienen a mí como película en blanco y negro. En los primeros lugares de mi lista de recuerdos en San Carlos, mi viejo barrio, figuran los cohetes chinos y los torpedos que explotábamos en la calle Abreu. El estruendo hacía volar latas de salsa de tomate e irritaba a los mayores, pero disfrutamos los destellos multicolores de la vela romana y la pata de gallina.
Como en el estribillo: …en tu casa comen harina y un día al año ven la gallina…, del 24 de diciembre recuerdo como ahora que en mi plato de hojalata no faltaba un costillar, una porción de ensalada rusa, moro de guandules, tomate, repollo y lechuga. El intercambio entre vecinos permitía que degustáramos algún trozo de puerco o de pavo.
Como niños, nos gustaba el Ponche Crema de Oro y el anís Confite, más por el dulce que por el alcohol, aunque después de unos tragos, veíamos al cielo dando vueltas.
En San Carlos, la Nochebuena fue, en aquellos años dorados, alegría y solidaridad, porque en cualquier casa la comida alcanzaba para el vecino o el transeúnte. A pesar de la pobreza material, sobraba riqueza espiritual.
El día siguiente era de resaca y hielito para los adultos y de estreno para nosotros, pues el 25 de diciembre se exhibía ropa nueva y todos nos congregábamos en las esquinas a masticar chicles y a hacer ojos bonitos a las niñas, que también desfilaban pletóricas de belleza y elegancia. ¡Qué tiempos aquellos!
Sin cerrar los ojos, disfruto ahora de la compañía de mis amigos Ovadis, Jose, Pepe, Miguelito, Julio, Roberto Castaños, Pilón, Rumancio, Hector, Ramoncito y de otros muchachos que jugábamos pelota un tres para tres en medio de la calle o que improvisábamos equipos para jugar en La Normal o el Estadio Olímpico.
En este breve recorrido por el entorno de la calle Abreu recuerdo a Mon el zapatero, Liquito, los Barina, Careto, Rumbi, Santico, Darío, el de la Ferretería, Cañón, Don Mariano, Dionis Rivera), Luis, Freddy, Carlito, el hijo de Canona, Piculín, Papito, Cando, Cándido, Juancito, Piña, Negrita, con todas sus lindas hijas, y tanta gente viva o muerta suele visitarme en mis noches de nostalgia.
En estos días fui a mi viejo barrio y tuve la sensación de cruzar por un pueblo fantasma, porque no conocía a la mayoría de los vivos, pero los muertos salieron a saludarme y no pude contener el llanto, igual que en este momento cuando las lágrimas me obligan a colocar el punto final.

